21/5/13

"Porque quiero, puedo y no me da miedo"

Pensar que esa era la frase que utilizaba cuando quería pasar por malcriada o rebelde cuando era niña, y resulta que son las tres poderosas razones que me mueven en mi adultez.

Una cita a ciegas, cenar sola, viajar sola, treparme a 5 metros de altura, terminar una relación, renunciar a un trabajo, ser políticamente incorrecta, saltar en parapente o tirarme de un puente, ponerme calzas brillosas o zapatillas en la oficina, tomar cócteles un lunes o a mitad de la mañana de un dia laboral, probar comidas exóticas, ir a la primera función del cine entre semana,  o incluso tener un gato (el segundo si me da miedo), deambular por un país extraño, o con desconocidos; todo me lo ha permitido el poder, querer y no tener o superar el miedo. 



28/4/13

Con las rodillas raspadas

Salir de una relación es como rasparse las rodillas. Al principio sólo hay susto, cuando estás en el piso, no entiendes muy bien qué haces ahí, simplemente te apuras para levantarte y hacer de cuenta que nada ha pasado, porque juras que nadie lo vio y que si caminas desprevenida, es como si no hubiera acontecido.

El tema es cuando empieza el dolor y recién has salido del shock. Te miras la rodilla y de pronto ves sangre, ahí empiezas a entender la gravedad del asunto. Entonces hay que quitarse la tierra de encima, despegarse la ropa o las piedritas que se incrustan y luego limpiar la herida. Viene el alcohol y el algodón, que sabes que va a ser peor, pero que es necesario para que no se infecte y cure correctamente. 

Uno sabe que no es grave, que un raspón no sirve de excusa para no trabajar o dejar de hacer tus actividades diarias, sinembargo, es molesto, pues está presente todo el tiempo: cuando te paras, duele; cuando te sientas, duele; en la ducha, arde; cuando te vistes, debes hacerlo despacio de lo contrario, duele mucho; cuando caminas, molesta; cuando duermes, si es que puedes, incomoda. 

Con el tiempo, las molestias, el recuerdo y el dolor quedan atrás, dando paso a la cicatriz, ese recordatorio, esa advertencia, de que, a pesar de ser ya grande, de que llevas caminando toda tu vida, y por la misma cuadra los últimos cinco años, conociendo cada pozo, cada baldosa floja, cada hendidura, igual, te puedes volver a tropezar y terminar de bruces en el piso. 

13/9/12

¿Nuevo destino?

De pronto, quiero conocer Japón. Sí, quiero conocer muchos sitios, muchos países, ¿por qué Japón suscita repentinamente mi interés?

Varios antecedentes, coincidencia o no, son mi tren de pensamiento:
- Lost in translation
- Haruki Murakami
- Tiendas de papeles y artistas del papel concentrados en Tokio
- El reconocimiento de algún entendido como la élite de Asia
- Algún coreógrafo del que no recuerdo el nombre, pero que su obra me encantó

Pero sobre todo, porque leyendo Estupor y temblores de Amélie Nothomb, tuve una tremenda sensación de familiaridad que me dio un poco de miedo, pero a la vez mucha curiosidad.

La descripción de la mujer nipona en el libro tiene un dejo, en el fondo, a mi cultura. Digo a la mía, personal, de esa que me he ido despojando con los años.

La curiosidad, me pasa porque me suena a reto. Parece muy difícil entender y camuflarse en la cultura japonesa, y por alguna razón, me gustaría intentarlo.

¿Cómo se emprende un camino a un sitio -desde todo punto de vista- tan lejano?

6/5/12

El cine y los viejos

Nada como un cine viejo del centro para ver cómo han cambiado los tiempos.
Ya en Bogotá, desde muy joven, fui experta en ir a sitios llenos de ancianos, los cines de avenida Chile, justo después de la universidad, en las funciones de 1:30 eran el lugar más frecuente; luego los del centro, el Ópera, el Radio City en cualquier función antes de las 5 de la tarde (una de las glorias del desempleo) y ahí estaban los viejos: con sus cabezas grises y anteojos gruesos, con sus lentos andares y ese olor en el aire entre naftalina y pachuli, con sus carteras bien agarradas y sus gruesos sacos de lana.
También aquí me las arreglé para encontrarlos, temprano en el cine, en alguna función de algún museo en la tarde o en la Sala Lugones, o en los martes de jazz en el San Martín, estos últimos incluso eran divertidos, recuerdo una pareja en traje de luces, bailando al ritmo de una Big Band hasta casi desbaratarse.
No importaba que nueva actividad emprendía, qué charla iba a escuchar, o qué película decidía ver, ahí me los encontraba, era como si me persiguieran de hecho, y la idea de tener gustos en común, no era la más halagadora. 
Sin embargo, dejé de explorar un poco esas nuevas actividades, o finalmente encontré algunas que demandan mayor juventud, y con la ayuda de la páginas como Fanático y Cuevana y de tener un Cinemark a cuadras de mi casa, me alejé momentáneamente de las multitudes sexagenarias. Pero hoy volví por una función al cine Lorca. Me recordó mis días de universitaria, la sala incluso tiene un balcón como en los cines de avenida Chile, y allí estaban mis acompañantes de tanto tiempo, los vejestorios (con todo respeto a mis señores padres), pero aunque eran los viejos, no son los mismos de antes, las viejas se ponen de cuchibarbies (en Colombia cucha no es la cama escondida en alguna parte, sino una persona vieja), con pantalones de cuero, camisas hindúes y carteras de gamuza de colores brillantes, con los pelos naranjas, rosáceos y muy crespos, con calzas estampadas (horror! tienen idea de cómo se ve eso a los sesenta y pico?), con taches en los accesorios, aretes enormes como de palenquera, y con Blackberrys que no logran leer, mucho menos poner en silencio. 
Dos cosas: con una amiga siempre que veíamos la pareja de viejas escogíamos la más loca para ser ellas cuando la hora nos llegue. Margarita: ya no hay de donde escoger!
Por otra parte, sí se visten distinto, se resisten al paso de la edad, o el paso de la edad no significa pachuli y naftalina sino Kenzo y comprar en los mismos sitios que las adolescentes. No obstante, hay cosas que no cambian: sus conversaciones. Siguen siendo las mismas sobre dolencias, medicinas, el clima, la familia, los nietos, lo terribles que son los jóvenes de hoy -incluso cuando intentan imitarlos- la farándula criolla y el gobierno. 

9/4/12

En busca de una enfermedad mental

Nunca he sido gran defensora de las mujeres, ya lo dejé claro antes aquí y aquí, sin embargo, no he podido dejar de notar cómo cada vez más cuando la protagonista es una mujer, su rol no es de esposa, amante, ama de casa, enamorada o artista (esta última ha sido una categoría permanente en el tiempo), sino que ahora también son heroínas: policías, agentes del FBI, guerreras, etc.

Supongo que está bien la diversificación de los roles como reflejo de la realidad, no obstante, también he notado que para que las policías, agentes del FBI, asesinas, y demás sean buenas tienen que estar locas. Pero no como en el caso masculino que simplemente son rebeldes en contra de las reglas o tienen temperamento fuerte, características admirables en cada caso, sino clinicamente locas: bipolares, ciclotímicas, desadaptadas sociales o salidas de un manicomio, sino piensen en Nikita, Homeland, The Killing, Kill Bill y la lista sigue.

Al parecer, la única manera de que las mujeres nos concentremos en una sola tarea y seamos excepcionalmente buenas en ella es gracias a alguna condición mental. Qué idea peligrosa, porque la mayoría ya estamos bastante locas, y no necesariamente chéveres, ahora, ¿cuántas justificarán su locura alegando genialidad?

6/4/12

Fetiche musical

Tengo una fascinación por los músicos. Cuando voy a un recital, más allá de ir a escuchar música que me guste, voy a ver a los músicos, a ver cómo se mueven, qué caras ponen, su concentración, su disfrute, y entonces los clasifico: si son cancheros, tímidos, ensimismados, encantadoramente inseguros o inseguros a secas.

Al final del concierto siempre tengo mi favorito,  normalmente me terminan de comprar a la hora de los solos, en esos momentos, en que, sus expresiones son casi orgásmicas. No importa el instrumento, cada uno tiene su encanto: los guitarristas tienen complejo de estrellas, los bajistas suelen ser der perfil bajo pero tienen un aire cool que me puede, los bateristas normalmente son divertidos y, a pesar de estar sentados, se mueven con un swing encantador, y así...

1/4/12

La carpeta del bar

Nadie me avisó que los sitios tienen límite de recuerdos. Son como un folder, al que no se le puede agregar una hoja más porque no cierra bien, porque la hoja se resbala, se cae.
Así mismo es ese bar, mi bar, es como que está saturado, y como me gusta mucho, insisto, pero el gancho no aguanta una hoja más. Lo lógico sería sacar de las de abajo, de las más viejas, ¿no? Pero resulta que les tengo tanto cariño: son de la mejor colección, de papel especial, de colores y entramado, de ese que envejece divinamente. Supongo que como todo no se puede tener, tengo que resignarme y aferrarme a los recuerdos y buscar abrir un nuevo folder.

15/3/12

Cuestión de género


El escenario: Plaza San Martín en domingo (una de las pocas plazas que no tiene ninguna distracción: no hay gente que hace Capoeira, ni que intenta caminar por la cuerda floja, ni telistas, trapecistas o acróbatas de ningún tipo, tampoco nadie intentando hacer malabares, y mucho menos falsos Sabina, Calamaro o Silvio Rodríguez cantando).

A eso de las 5 de la tarde, empiezan a despertar cuatro gringos muy jóvenes de una siesta resaquera, sin nada ni nadie para ver en la plaza, sin nada para hacer, uno se levanta y consigue una piedra, no muy grande, pero suficiente para jugar a la pelota.

Se incorporan y organizan rápidamente un juego de béisbol, utilizando una ojota como bate. Creativos, pienso, pero supongo que las características toscas de sus elementos no les darán para mucho tiempo de juego.

Me equivoco, pasan por lo menos dos horas, y han hecho un par de juegos de béisbol, uno de fútbol americano, y otro más que desconozco de agilidad para agarrar la “pelota”; sólo interrumpidos momentáneamente por un perro que se creyó parte del juego y les robó la piedra por un pequeño lapso, ensombreciendo considerablemente su expresión. Cuando la dueña del animal se la recuperó, su alegría fue genuina, como si se tratara de niños a los que les devuelven su juguete favorito.

Estoy segura que de haber otro grupo de hombres cerca, se hubieran unido al juego, porque esta clase de actividades son absolutamente democráticas entre ellos, al igual que ver un partido en algún bar, o hinchar en una cancha; los deportes los hacen amigos instantáneos (si también enemigos a muerte, pero eso es otra historia). No pude dejar de preguntarme, ¿qué tema es tan democrático entre las mujeres?: ¿hombres?, ¿zapatos y carteras?, ¿dietas?, ¿dolores menstruales?, ¡todo suena tan horrible! ¿Será mi misoginia la que no encuentra un tema en común, o es que realmente las mujeres somos mucho más complejas que una piedra y una ojota? Si es así, a veces, no me importaría ser hombre. 

7/3/12

¿Y si me mudo?

Las mudanzas casi siempre son una pesadilla, y que no se me entienda mal, me encanta mi casa, mi barrio, pero a veces, dan ganas de un poquito de cambio.

Tener que buscar el supermercado chino más cercano, y el que está abierto hasta más tarde; encontrar el carnicero de confianza, por más que se lo visite una vez cada trimestre; la verdulería que tiene plátanos y maracuyás para cuando me dan antojos; el bar donde hay wifi, los meseros son de los de antes y el café todavía se sirve en taza; la pizzería que zafa entre semana y el delivery bueno para cuando hay visitas; la bodega de vinos; el hipermercado; el señor de los quesos, los huevos y los pollos; la veterinaria; el video club (sí, todavía disfruto de alquilar películas casi casi, lo mismo que bajarlas de Cuevana); la panadería de las buenas medialunas; la placita para tomar sol; y así…

Casi todos odian las rutinas, en cambio a mí me encanta construirlas. Por eso la llegada a un nuevo sitio: para vivir, para trabajar, tiene eso de encantador, el descubrir poco a poco los que serán los de confianza, los habitué que dan esa sensación de conocedor y de pertenencia.

Vivir en San Telmo es descubrir un poco el barrio cada día, la promesa de público extranjero hace que cada semana haya un nuevo negocio, pero también un nuevo local en alquiler de quienes se fueron con las manos vacías, así que siempre hay un nuevo restaurante, una tienda que conocer, un café por explorar; aún así, mis ganas de buscar sitios de los que volverme habitual, está insatisfecha.

Pd. Hace mucho no escribía aquí, creo que es buen momento para volver, incluso cuando la era de los blogs casi llega a su fin.

31/3/11

El que con niños se acuesta...

De pronto, escuchaba a mujeres con algunos y muchos años más que yo, hablando de sus maridos y sus relaciones de lustros y décadas, y se quejaban por exactamente lo mismo que yo me hacía mala sangre en los últimos días, por mi chico de semanas: los hombres siguen siendo adolescentes, malcriados, desconsiderados, en pocas palabras, un niño más en la casa que le da rabietas a su mamá.

Si bien me consolaba por no estar tan loca y ser la única, también me preocupé de sobremanera (mal de muchos, consuelo de bobos), ¿acaso tengo que resignarme a que los hombres son niños eternos con lo que eso implica? ¿son todos así, o es una cuestión cultural?, porque yo recuerdo haber conocido hombres distintos: considerados, adultos, aunque nunca un argentino…

¿Siempre voy a tener que ser la adulta gruñona de la relación? ¿Pedir, demandar y volver a pedir por todos los medios esa consideración y trato que espero venga espontáneamente por parte de una pareja?

Al parecer, justo caí en un círculo de mujeres bastante particular que infantiliza a los hombres; al parecer, esos hombres adultos y considerados, incluso argentinos, no son una rareza; al parecer, puedo no resignarme y buscar un adulto, respetuoso, considerado, con quien, además de estar contenida y respaldada, pueda divertirme como una niña.

16/3/11

Modas cíclicas

No he vivido aquí lo suficiente para saberlo con certeza, pero tengo la impresión de que la militancia ahora está de moda, como estuvo en los 70’s, como los colores neón y los pantalones chupín de los 80’s, volvió a imponerse en la agenda, y por eso todo lo convierten en causa: quién inaugura la feria del libro, dónde se hacen los recitales, cómo se organizan las ferias y los corsos e incluso, andar en bicicleta. Como si no hubiera suficiente ya con los kirchneristas y la oposición.

4/2/11

Inlove again

Todas las relaciones tienen altibajos y mi idilio con Buenos Aires, no podía ser la excepción. Tras una corta separación, yo la traicioné por unos días con mi país natal, estaba resentida y me recibió con 43 grados de térmica, cambios en las rutas de los buses, ausencias de los habitué en las plazas, y noticias, muchas, feas noticias.

Yo también estaba retrechera, su presencia estaba relacionada con volver al trabajo, a la vida de las responsabilidades, las cuentas, los horarios, los tacos, las reuniones, etc. Y aunque me hizo ojitos el fin de semana con un domingo en la plaza, yo me hice la loca y me encerré enojada en mi casa.

Cuando la furia me bajó, me encontré en el Congreso con un clima más que agradable, con buenas noticias, en chatitas, y dispuesta a caminar hasta mi casa, revisitando la Avenida de Mayo.

Los niños en la plaza, la gente en la vereda, los hippies y artesanos vendiendo cosas, todo me fue ambientando en clima de reconciliación. Luego llegué a la 9 de julio, y una gran bandera aymara ondeaba, mientras el líder? decía: "Somos medio improvisados, si les gusta lo que ven, díganlo...". Con la estatua del Quijote de la Mancha de fondo, pensaba: no es demasiada contradicción estar bajo el ala del mayor símbolo de la hispanidad, culpando de la situación actual al robo de los españoles de hace 500 años? O será acaso una quijotada su cruzada por defender los derechos indígenas? Pero ahí estaban con su música, sus libros y sus carpas, eso, sólo en Buenos Aires.

Ya tenía una sonrisa difícil de sacar, hasta que me encontré con con la previa de los piqueteros para un viernes a la noche:

Un pequeño paseo por la Avenida de Mayo.

Pasaron cinco años y dejé de tenerle miedo a los sonidos de las protestas, dejaron de parecerme tambores de guerra, sin embargo, verlos me hace pensar, todo no se puede tener, nadie es perfecto, y éste es el defecto. No sé si los piqueteros tengan jodido al país, pero estoy segura que por lo menos tienen jodido el tráfico de la ciudad.

Pero a quién le importa el tráfico cuando existe esta esquina?

Dicen que lo bueno de pelearse, es la reconciliación. Las calles de San Telmo me condujeron a mi sitio favorito, que estuvo cerrado por algunas semanas. Cerramos con broche de oro, cena, material de lectura y una copa de vino. Para cuando caminaba las últimas cuadras a mi casa, estaba un poquito más enamorada y me regocijaba en saber que el destino me mandó a un buen lugar.

Mi rincón favorito de San Telmo, Café Riva

15/10/10

Sin documentos

Qué caminos tiene alguien que va a consultar por los requisitos para solicitar una visa de turismo y luego de tres preguntas (qué hace, cuánto gana y tiene propiedades) le dicen que se busque otro destino para sus vacaciones? Se une a organizaciones mamertas que procuran por un mundo de libre tránsito o sin fronteras? Se consigue un marido con alguna nacionalidad medianamente decente? Se resigna a ser paria del primer mundo y a encontrarle maravillas a los pocos países que puede visitar con libertad (en su mayoría bien tercermundistas)? Empieza a comprar la lotería?

12/7/10

Algunas cosas sueltas en el tintero

- ¿Por qué en el colegio nunca me explicaron que si uno pierde la química, ya perdió el año?
- Hay que resignarnos a ser binarios en las relaciones, a que no siempre se pueden tener fuegos artificiales. Pero también hay que valorar las menospreciadas relaciones b (estables, tranquilas, seguras) pues son sanadoras y especialmente pedagógicas, si uno quiere. Es tiempo de recuperación para volver a salir como "Ricaurte en San Mateo, en átomos volando" de una intensa y poderosa relación a. Las dos, como los hombres, son males necesarios.
- Y después del feminismo, del postfeminismo, de las mujeres empoderadas y todas esas pavadas, todavía "el apodo de señora te lo da un macho".

10/5/10

A colorear fuera de la raya

Desde hace algún tiempo mi discurso tiene repetidas veces el concepto de sanidad. La cabeza y las relaciones deberían ser sanas. Pero quién decide qué es sano? Y luego me puse a pensar, no sólo no hay un estándar al respecto, sino que si miro a mi alrededor, conozco a alguien sano? alguna relación que lo sea? La respuesta es no, nadie ni ninguna, sinembargo, si conozco gente como la que me gustaría ser al igual que relaciones en las que me gustaría estar.

Este concepto de que todo debe ser tan antiséptico, tan limpio, tan prolijo, no tiene nada que ver conmigo. Tiempo me ha llevado en darme cuenta. Lo acepté desde el punto de vista motriz, nunca logré colorear dentro de las líneas, cortar y coser derecho o pintarme las uñas sin pasar mucho tiempo corrigiendo los enchastres con el palito y el removedor. Declararme torpe no ha resultado ser un problema, por lo que no entiendo, por qué cuando de relaciones se trata, espero perfección, prolijidad, exactitud (la persona indicada, el momento correcto, las palabras adecuadas, el beso perfecto, el mail pertinente)?

Tengo una sospecha: porque se me metió en la cabeza (todavía no sé cómo) que es lo que esperan de mí también. He pasado mucho tiempo queriendo ser perfecta, redactando cinco veces los mails, tapando con maquillaje los granitos, probándome tres veces el ropero y creo que hasta he desarrollado abdominales de sólo meter la panza en todo momento en el que pueda estar siendo mirada. Me he matado la cabeza procurando esconder mis defectos, mis errores, mis debilidades, mostrando lo mejor de mí como si se tratara de una competencia, de una presentación ante un juez infalible cada vez. Ya sé que la mayoría de la gente busca mostrar su mejor yo cuando conoce a alguien, pero lo mío, créanme, va más allá de estrenar ropa en cada primera cita (no por pudiente, sino por acomplejada u osciosa que diría una amiga mía), se ha convertido en una obsesión de tiempo completo que estoy dispuesta a abandonar.

Sí, buenas noches, mi nombre es Ms Cellophane y soy adicta a las calificaciones. Sí, como ese capítulo de Los Simpsons en el que no hay escuela y Lisa le dice desesperada a Marge: "califícame, evalúame, uff, sólo dos sinónimos, estoy perdiendo mi perspicacia!" Así, igualito.

15/4/10

I'm only happy when it rains

Es verdad, mi estación favorita es el otoño. Casualmente (y quizás no tanto) desde que vivo en un país de estaciones cosas buenas me han pasado en otoño, he empezado trabajos, amores, amistades, al punto que asocio el viento y la caída de las hojas con una sensación de bienestar, casi de felicidad en mi vida.
Por estos días en Buenos Aires llueve, desde que me levanto el cielo está cubierto y es esa llovizna molesta y sin carácter que funciona a las órdenes de Murphy (para cuando estás dentro y empieza cuando tienes que salir).

Es cierto, no tengo ganas de dejar mi cama, tampoco el gato que siempre está pronto a pedir mimos desde bien temprano, pero no hoy, no con el día gris, entonces solamente se refugia en alguna curva que haga mi cuerpo por encima de las cobijas para ponerse calientico y prodigarme la misma gracia a mí.


Sin embargo, así y todo me obligo a salir a la calle, a mojarme un poco porque odio las sombrillas o los pilotos (bueno lo segundo no es cierto, sólo que no tengo uno), a que me salpique uno que otro bus, a pisar las baldosas flojas que tiran agua a lugares inesperados (especialmente cuando tienes falda), a trabajar porque tengo que.


Pero mientras camino por la calle no me enojo, o bueno sí, un poquito con las señoras que me mojan con sus sombrillas y además me quieren sacar de debajo de los techitos, pero nomás, por el contrario el paisaje gris se me hace familiar, me siento en casa (es un clima bogotano sin duda),me reconforta tener que usar botas y bufandas, me siento yo de nuevo… I’m not singing in the rain, pero casi.

1/3/10

Por qué los llaman sanduches?

Uno de mis mayores placeres es no sólo la comida sino también comer con la mano. Creo que de hecho esa es una de las razones por las que disfruto tanto los carritos de comida callejeros, los puestos de shawarma, la pizza por porción de barrio (en Bogotá) y el pollo asado a domicilio (también en Btá).

Por eso me pregunto, ¿por qué aquí en Buenos Aires los mejores sanduches son imposibles de comer con la mano? Te sirven esas delicias enormes entre dos panes (que también son muy ricos) con un toque muy gourmet, con alguna ensalada, o algún detallito de decoración medio chic, pero que cuando intentas tomar una parte con las manos, se desarma, haces un enchastre y terminas frustrado, porque con cubiertos igual la cosa no mejora demasiado.

Hay dos opciones, o los pides al plato (cuando la opción existe) o sea pides un plato del tamaño de una entrada, o te arriesgas a intentarlo con las manos a sabiendas de que serás la atracción del lugar por lo poco decente y ni qué decir femenino del proceso.

24/2/10

Y, no todo se puede tener

Después del calor agobiante, de las intensas lluvias (del tipo inundación), finalmente sale el sol a una temperatura decente y la brisa sopla adecuadamente. Ese es el perfecto escenario para salir a caminar, ver los perros de otros (a falta del propio) correr por la calle, ir por comida basura, entrar a una librería y encontrarse de frente con ese libro que andabas buscando. Qué más se puede pedir? Ah sí, que esa sea mi vida, no sólo mi hora del almuerzo.

11/1/10

Agua pasó por aquí y Carnaval que no te vi

Cuando recibo visitas suelo armar agendas maratónicas para que mis invitados aprovechen al máximo su estadía en estas tierras. Según me dijeron, soy buena anfitriona, pero yo creo que soy un poco intensa y los agoto, los devuelvo con demasiadas horas de exposición al sol y los pies cansados de extensas caminatas en las que ven los que considero los hits porteños.

Adicionalmente, busco alguna escapada cercana para completar la experiencia. Con mi mamá de visita, se me ocurrió que podríamos ir al Carnaval de Gualeguaychu. Después de todo, fiestas populares que incluyan música, baile y trajes de luces siempre nos llamaron la atención.

Luego de unas cuantas vueltas por las autopistas para salir de la ciudad y 220 kilómetros de ruta plana, recta, y muchas advertencias de posibles multas por un exceso de velocidad al que la misma carretera invita, llegamos a un pueblo fantasma que sólo cobraba vida en las cercanías a la costanera.

La patty y el sanduche de lomito más caros de mi vida por medio y finalmente aterrizamos en un pradito al pie del río, para pasar la tarde, viendo cómo atletas y no tanto luchaban con el río a nado o en kayak. De fondo, en las playitas cercanas se escuchaban los equipos de sonido con un señor al que muy malos amigos le dijeron que podía ser cantante de reggae y en competencia algún cd de Los fabulosos cadillacs, por suerte, en la más cercana de las dos.

Con el atardecer llegó la tormenta, que inundó rápidamente las calles y nuestras esperanzas de ver el Carnaval. Estábamos resignadas a perder las boletas (una importante suma porque la fiesta del país de popular no tiene nada) porque había avisos que anunciaban que no había devoluciones en caso de suspensión por lluvia, pues el espectáculo sería el domingo.

Una camarera que no paraba de hablar nos alentó para que reclamáramos la plata que mi mamá y yo, como buenas colombianas sumisas, dábamos por perdida. Entonces arribamos a la taquilla para obtener la parte del tour que no había podido programarle, un verdadero piquete argentino.

Bajo la lluvia y sin tambores la gente se agolpó a reclamar la devolución, rumores iban y venían, que había que ir a otro lado, que nos estaban mareando, que iban a devolver sólo la mitad, y el tono empezó a subir, que nos están viendo la cara, que hijos de puta devuelvan la guita, que aparte nos estamos mojando, que devuelvanlaaaa, devuelvanlaaa, hijos de puta hijos de puta devuelvanlaaa, eso sí, todo en tonito de cancha

En la fila me llamó la atención ver tantos chicos (hombrecitos, y proyectos de hombrecitos también), jóvenes en la fila. Pensé por un momento: qué entusiastas, qué bueno que el carnaval atraiga este público también. Luego, escuché los comentarios entre ellos: los iban a cargar porque en vez de ver minas buenas se les iban a robar la plata. Ahí me cayó la ficha, supongo que la “cultura” necesita de empujones de plumas y concheros para atraer las masas.

Luego de pelear con la logística del nylon y las sombrillas, de los empujones y los colados, finalmente, después de no mucho, por suerte, tuve mi devolución completa y ahí retomé el rumbo a capital.

Me doy por bien servida, después de todo, manejé 200 kilómetros para pasar la tarde junto al río, pues de los corsos sólo vi los tocados usados que vendían en la calle, y por lo menos no me devolví desplumada.

21/7/09

A probar o a elegir

Hace unos días tuve una de esas charlas con un amigo que vale la pena recordar, así que pensé que valía la pena también publicarla, aquí está:

Ms C: Ahora que lo pienso es una buena metáfora, la vida es como un tenedor libre

A: jeje, por favor

Ms C: y sí, uno paga un módico precio que es estar vivo, luego si quiere bebidas paga demás (eso tiene sentido, el hígado pasa factura y hay que tener más platica para el vino), y depende de uno si se llena con el primer plato que le hacen en el momento o va probando todo de a poquitos, con paciencia entre plato y plato, y le saca el jugo al concepto de: todo lo que pueda comer

A: Tú lo has dicho, toca degustar y mirar si se sigue adelante o se queda ahí

Ms C: La clave de eso es que uno sabe que siempre hay cosas que quedan por probar, por eso quedarse es tan arriesgado. Por ejemplo, me gustaron los macarrones con queso, deme un plato grande de eso, pero a la vez, el salmón me está haciendo ojitos, y el bife, y el wok de vegetales, y así…

A: Es que esas son las apuestas graves y altas que uno hace en algún momento de la vida

Ms C: Pero ¿hay que hacerlas? Digo, la adrenalina está buena pero, tienen que gustar demasiado los macarrones…

A: Justo eso es un gusto especial y que sientes que después de eso no hay nada que te haga sentir bien en la vida

Ms C: Claro, el truco es que no lo sabes! Por ahí te gustan más con parmesano que con queso holandés, esas sutilezas siempre cuentan. La verdad es que yo entre más pruebo, más me convenzo de que es difícil eso de quedarse con una sola cosa... la curiosidad comienza a volverse un vicio

A: Pues que un solo plato te llene es como creer que porque como hoy mañana, no me dará hambre, eso nunca sucederá por eso debemos comer cada día, porque no existe la fórmula mágica para que quedes llena de por vida

Ms C: Pero es un reto muy grande, hacer ver interesante macarrones con queso todos los días, y creo de hecho que el miedo al compromiso pasa por la pereza de tener que asumir ese reto

A: Es que justo eso es el reto, que cada día encuentres como saborearte los macarrones con queso y que cada día les descubras nuevos sabores, así sea lo mismo todos los días, para eso existen los condimentos para tener sabores diferentes cada vez que prepares algo

Ms C: Ojo que yo también creo que las rutinas pueden ser satisfactorias, yo tengo las mías y les sigo encontrando gusto, sin importar que lo haga todos los días.... supongo que no sólo pasa por el que cocina: es la persona la que le pone picante, o es el paladar del comensal el que encuentra algo diferente cada vez?

A: Ambas cosas, tanto uno debe tener esa capacidad para saborear, como para darle su toque a la comida

Ms C: Por eso es que es más fácil probar de todos los platos... nadie tiene que hacer un gran esfuerzo. ¿No sería esa la respuesta siguiendo la ley del menor esfuerzo?

A: Es la más fácil y así se puede quedar uno todo la vida, por la vía sencilla y sin tener que ser creativo

Ms C: Hay que ser creativo para no llenarse y poder disfrutar de todos los platos tampoco hay que quitarle el crédito al otro estilo de vida... conozco a uno que otro cazador y también tienen lo suyo.

El tema del cazador dio para más, pero eso será después.