Es verdad, mi estación favorita es el otoño. Casualmente (y quizás no tanto) desde que vivo en un país de estaciones cosas buenas me han pasado en otoño, he empezado trabajos, amores, amistades, al punto que asocio el viento y la caída de las hojas con una sensación de bienestar, casi de felicidad en mi vida.
Por estos días en Buenos Aires llueve, desde que me levanto el cielo está cubierto y es esa llovizna molesta y sin carácter que funciona a las órdenes de Murphy (para cuando estás dentro y empieza cuando tienes que salir).
Es cierto, no tengo ganas de dejar mi cama, tampoco el gato que siempre está pronto a pedir mimos desde bien temprano, pero no hoy, no con el día gris, entonces solamente se refugia en alguna curva que haga mi cuerpo por encima de las cobijas para ponerse calientico y prodigarme la misma gracia a mí.
Sin embargo, así y todo me obligo a salir a la calle, a mojarme un poco porque odio las sombrillas o los pilotos (bueno lo segundo no es cierto, sólo que no tengo uno), a que me salpique uno que otro bus, a pisar las baldosas flojas que tiran agua a lugares inesperados (especialmente cuando tienes falda), a trabajar porque tengo que.
Pero mientras camino por la calle no me enojo, o bueno sí, un poquito con las señoras que me mojan con sus sombrillas y además me quieren sacar de debajo de los techitos, pero nomás, por el contrario el paisaje gris se me hace familiar, me siento en casa (es un clima bogotano sin duda),me reconforta tener que usar botas y bufandas, me siento yo de nuevo… I’m not singing in the rain, pero casi.
15/4/10
1/3/10
Por qué los llaman sanduches?
Uno de mis mayores placeres es no sólo la comida sino también comer con la mano. Creo que de hecho esa es una de las razones por las que disfruto tanto los carritos de comida callejeros, los puestos de shawarma, la pizza por porción de barrio (en Bogotá) y el pollo asado a domicilio (también en Btá).
Por eso me pregunto, ¿por qué aquí en Buenos Aires los mejores sanduches son imposibles de comer con la mano? Te sirven esas delicias enormes entre dos panes (que también son muy ricos) con un toque muy gourmet, con alguna ensalada, o algún detallito de decoración medio chic, pero que cuando intentas tomar una parte con las manos, se desarma, haces un enchastre y terminas frustrado, porque con cubiertos igual la cosa no mejora demasiado.
Hay dos opciones, o los pides al plato (cuando la opción existe) o sea pides un plato del tamaño de una entrada, o te arriesgas a intentarlo con las manos a sabiendas de que serás la atracción del lugar por lo poco decente y ni qué decir femenino del proceso.
Por eso me pregunto, ¿por qué aquí en Buenos Aires los mejores sanduches son imposibles de comer con la mano? Te sirven esas delicias enormes entre dos panes (que también son muy ricos) con un toque muy gourmet, con alguna ensalada, o algún detallito de decoración medio chic, pero que cuando intentas tomar una parte con las manos, se desarma, haces un enchastre y terminas frustrado, porque con cubiertos igual la cosa no mejora demasiado.
Hay dos opciones, o los pides al plato (cuando la opción existe) o sea pides un plato del tamaño de una entrada, o te arriesgas a intentarlo con las manos a sabiendas de que serás la atracción del lugar por lo poco decente y ni qué decir femenino del proceso.
24/2/10
Y, no todo se puede tener
Después del calor agobiante, de las intensas lluvias (del tipo inundación), finalmente sale el sol a una temperatura decente y la brisa sopla adecuadamente. Ese es el perfecto escenario para salir a caminar, ver los perros de otros (a falta del propio) correr por la calle, ir por comida basura, entrar a una librería y encontrarse de frente con ese libro que andabas buscando. Qué más se puede pedir? Ah sí, que esa sea mi vida, no sólo mi hora del almuerzo.
11/1/10
Agua pasó por aquí y Carnaval que no te vi
Cuando recibo visitas suelo armar agendas maratónicas para que mis invitados aprovechen al máximo su estadía en estas tierras. Según me dijeron, soy buena anfitriona, pero yo creo que soy un poco intensa y los agoto, los devuelvo con demasiadas horas de exposición al sol y los pies cansados de extensas caminatas en las que ven los que considero los hits porteños.
Adicionalmente, busco alguna escapada cercana para completar la experiencia. Con mi mamá de visita, se me ocurrió que podríamos ir al Carnaval de Gualeguaychu. Después de todo, fiestas populares que incluyan música, baile y trajes de luces siempre nos llamaron la atención.
Luego de unas cuantas vueltas por las autopistas para salir de la ciudad y 220 kilómetros de ruta plana, recta, y muchas advertencias de posibles multas por un exceso de velocidad al que la misma carretera invita, llegamos a un pueblo fantasma que sólo cobraba vida en las cercanías a la costanera.
La patty y el sanduche de lomito más caros de mi vida por medio y finalmente aterrizamos en un pradito al pie del río, para pasar la tarde, viendo cómo atletas y no tanto luchaban con el río a nado o en kayak. De fondo, en las playitas cercanas se escuchaban los equipos de sonido con un señor al que muy malos amigos le dijeron que podía ser cantante de reggae y en competencia algún cd de Los fabulosos cadillacs, por suerte, en la más cercana de las dos.
Con el atardecer llegó la tormenta, que inundó rápidamente las calles y nuestras esperanzas de ver el Carnaval. Estábamos resignadas a perder las boletas (una importante suma porque la fiesta del país de popular no tiene nada) porque había avisos que anunciaban que no había devoluciones en caso de suspensión por lluvia, pues el espectáculo sería el domingo.
Una camarera que no paraba de hablar nos alentó para que reclamáramos la plata que mi mamá y yo, como buenas colombianas sumisas, dábamos por perdida. Entonces arribamos a la taquilla para obtener la parte del tour que no había podido programarle, un verdadero piquete argentino.
Bajo la lluvia y sin tambores la gente se agolpó a reclamar la devolución, rumores iban y venían, que había que ir a otro lado, que nos estaban mareando, que iban a devolver sólo la mitad, y el tono empezó a subir, que nos están viendo la cara, que hijos de puta devuelvan la guita, que aparte nos estamos mojando, que devuelvanlaaaa, devuelvanlaaa, hijos de puta hijos de puta devuelvanlaaa, eso sí, todo en tonito de cancha
En la fila me llamó la atención ver tantos chicos (hombrecitos, y proyectos de hombrecitos también), jóvenes en la fila. Pensé por un momento: qué entusiastas, qué bueno que el carnaval atraiga este público también. Luego, escuché los comentarios entre ellos: los iban a cargar porque en vez de ver minas buenas se les iban a robar la plata. Ahí me cayó la ficha, supongo que la “cultura” necesita de empujones de plumas y concheros para atraer las masas.
Luego de pelear con la logística del nylon y las sombrillas, de los empujones y los colados, finalmente, después de no mucho, por suerte, tuve mi devolución completa y ahí retomé el rumbo a capital.
Me doy por bien servida, después de todo, manejé 200 kilómetros para pasar la tarde junto al río, pues de los corsos sólo vi los tocados usados que vendían en la calle, y por lo menos no me devolví desplumada.
Adicionalmente, busco alguna escapada cercana para completar la experiencia. Con mi mamá de visita, se me ocurrió que podríamos ir al Carnaval de Gualeguaychu. Después de todo, fiestas populares que incluyan música, baile y trajes de luces siempre nos llamaron la atención.
Luego de unas cuantas vueltas por las autopistas para salir de la ciudad y 220 kilómetros de ruta plana, recta, y muchas advertencias de posibles multas por un exceso de velocidad al que la misma carretera invita, llegamos a un pueblo fantasma que sólo cobraba vida en las cercanías a la costanera.
La patty y el sanduche de lomito más caros de mi vida por medio y finalmente aterrizamos en un pradito al pie del río, para pasar la tarde, viendo cómo atletas y no tanto luchaban con el río a nado o en kayak. De fondo, en las playitas cercanas se escuchaban los equipos de sonido con un señor al que muy malos amigos le dijeron que podía ser cantante de reggae y en competencia algún cd de Los fabulosos cadillacs, por suerte, en la más cercana de las dos.
Con el atardecer llegó la tormenta, que inundó rápidamente las calles y nuestras esperanzas de ver el Carnaval. Estábamos resignadas a perder las boletas (una importante suma porque la fiesta del país de popular no tiene nada) porque había avisos que anunciaban que no había devoluciones en caso de suspensión por lluvia, pues el espectáculo sería el domingo.
Una camarera que no paraba de hablar nos alentó para que reclamáramos la plata que mi mamá y yo, como buenas colombianas sumisas, dábamos por perdida. Entonces arribamos a la taquilla para obtener la parte del tour que no había podido programarle, un verdadero piquete argentino.
Bajo la lluvia y sin tambores la gente se agolpó a reclamar la devolución, rumores iban y venían, que había que ir a otro lado, que nos estaban mareando, que iban a devolver sólo la mitad, y el tono empezó a subir, que nos están viendo la cara, que hijos de puta devuelvan la guita, que aparte nos estamos mojando, que devuelvanlaaaa, devuelvanlaaa, hijos de puta hijos de puta devuelvanlaaa, eso sí, todo en tonito de cancha
En la fila me llamó la atención ver tantos chicos (hombrecitos, y proyectos de hombrecitos también), jóvenes en la fila. Pensé por un momento: qué entusiastas, qué bueno que el carnaval atraiga este público también. Luego, escuché los comentarios entre ellos: los iban a cargar porque en vez de ver minas buenas se les iban a robar la plata. Ahí me cayó la ficha, supongo que la “cultura” necesita de empujones de plumas y concheros para atraer las masas.
Luego de pelear con la logística del nylon y las sombrillas, de los empujones y los colados, finalmente, después de no mucho, por suerte, tuve mi devolución completa y ahí retomé el rumbo a capital.
Me doy por bien servida, después de todo, manejé 200 kilómetros para pasar la tarde junto al río, pues de los corsos sólo vi los tocados usados que vendían en la calle, y por lo menos no me devolví desplumada.
21/7/09
A probar o a elegir
Hace unos días tuve una de esas charlas con un amigo que vale la pena recordar, así que pensé que valía la pena también publicarla, aquí está:
Ms C: Ahora que lo pienso es una buena metáfora, la vida es como un tenedor libre
A: jeje, por favor
Ms C: y sí, uno paga un módico precio que es estar vivo, luego si quiere bebidas paga demás (eso tiene sentido, el hígado pasa factura y hay que tener más platica para el vino), y depende de uno si se llena con el primer plato que le hacen en el momento o va probando todo de a poquitos, con paciencia entre plato y plato, y le saca el jugo al concepto de: todo lo que pueda comer
A: Tú lo has dicho, toca degustar y mirar si se sigue adelante o se queda ahí
Ms C: La clave de eso es que uno sabe que siempre hay cosas que quedan por probar, por eso quedarse es tan arriesgado. Por ejemplo, me gustaron los macarrones con queso, deme un plato grande de eso, pero a la vez, el salmón me está haciendo ojitos, y el bife, y el wok de vegetales, y así…
A: Es que esas son las apuestas graves y altas que uno hace en algún momento de la vida
Ms C: Pero ¿hay que hacerlas? Digo, la adrenalina está buena pero, tienen que gustar demasiado los macarrones…
A: Justo eso es un gusto especial y que sientes que después de eso no hay nada que te haga sentir bien en la vida
Ms C: Claro, el truco es que no lo sabes! Por ahí te gustan más con parmesano que con queso holandés, esas sutilezas siempre cuentan. La verdad es que yo entre más pruebo, más me convenzo de que es difícil eso de quedarse con una sola cosa... la curiosidad comienza a volverse un vicio
A: Pues que un solo plato te llene es como creer que porque como hoy mañana, no me dará hambre, eso nunca sucederá por eso debemos comer cada día, porque no existe la fórmula mágica para que quedes llena de por vida
Ms C: Pero es un reto muy grande, hacer ver interesante macarrones con queso todos los días, y creo de hecho que el miedo al compromiso pasa por la pereza de tener que asumir ese reto
A: Es que justo eso es el reto, que cada día encuentres como saborearte los macarrones con queso y que cada día les descubras nuevos sabores, así sea lo mismo todos los días, para eso existen los condimentos para tener sabores diferentes cada vez que prepares algo
Ms C: Ojo que yo también creo que las rutinas pueden ser satisfactorias, yo tengo las mías y les sigo encontrando gusto, sin importar que lo haga todos los días.... supongo que no sólo pasa por el que cocina: es la persona la que le pone picante, o es el paladar del comensal el que encuentra algo diferente cada vez?
A: Ambas cosas, tanto uno debe tener esa capacidad para saborear, como para darle su toque a la comida
Ms C: Por eso es que es más fácil probar de todos los platos... nadie tiene que hacer un gran esfuerzo. ¿No sería esa la respuesta siguiendo la ley del menor esfuerzo?
A: Es la más fácil y así se puede quedar uno todo la vida, por la vía sencilla y sin tener que ser creativo
Ms C: Hay que ser creativo para no llenarse y poder disfrutar de todos los platos tampoco hay que quitarle el crédito al otro estilo de vida... conozco a uno que otro cazador y también tienen lo suyo.
…
El tema del cazador dio para más, pero eso será después.
Ms C: Ahora que lo pienso es una buena metáfora, la vida es como un tenedor libre
A: jeje, por favor
Ms C: y sí, uno paga un módico precio que es estar vivo, luego si quiere bebidas paga demás (eso tiene sentido, el hígado pasa factura y hay que tener más platica para el vino), y depende de uno si se llena con el primer plato que le hacen en el momento o va probando todo de a poquitos, con paciencia entre plato y plato, y le saca el jugo al concepto de: todo lo que pueda comer
A: Tú lo has dicho, toca degustar y mirar si se sigue adelante o se queda ahí
Ms C: La clave de eso es que uno sabe que siempre hay cosas que quedan por probar, por eso quedarse es tan arriesgado. Por ejemplo, me gustaron los macarrones con queso, deme un plato grande de eso, pero a la vez, el salmón me está haciendo ojitos, y el bife, y el wok de vegetales, y así…
A: Es que esas son las apuestas graves y altas que uno hace en algún momento de la vida
Ms C: Pero ¿hay que hacerlas? Digo, la adrenalina está buena pero, tienen que gustar demasiado los macarrones…
A: Justo eso es un gusto especial y que sientes que después de eso no hay nada que te haga sentir bien en la vida
Ms C: Claro, el truco es que no lo sabes! Por ahí te gustan más con parmesano que con queso holandés, esas sutilezas siempre cuentan. La verdad es que yo entre más pruebo, más me convenzo de que es difícil eso de quedarse con una sola cosa... la curiosidad comienza a volverse un vicio
A: Pues que un solo plato te llene es como creer que porque como hoy mañana, no me dará hambre, eso nunca sucederá por eso debemos comer cada día, porque no existe la fórmula mágica para que quedes llena de por vida
Ms C: Pero es un reto muy grande, hacer ver interesante macarrones con queso todos los días, y creo de hecho que el miedo al compromiso pasa por la pereza de tener que asumir ese reto
A: Es que justo eso es el reto, que cada día encuentres como saborearte los macarrones con queso y que cada día les descubras nuevos sabores, así sea lo mismo todos los días, para eso existen los condimentos para tener sabores diferentes cada vez que prepares algo
Ms C: Ojo que yo también creo que las rutinas pueden ser satisfactorias, yo tengo las mías y les sigo encontrando gusto, sin importar que lo haga todos los días.... supongo que no sólo pasa por el que cocina: es la persona la que le pone picante, o es el paladar del comensal el que encuentra algo diferente cada vez?
A: Ambas cosas, tanto uno debe tener esa capacidad para saborear, como para darle su toque a la comida
Ms C: Por eso es que es más fácil probar de todos los platos... nadie tiene que hacer un gran esfuerzo. ¿No sería esa la respuesta siguiendo la ley del menor esfuerzo?
A: Es la más fácil y así se puede quedar uno todo la vida, por la vía sencilla y sin tener que ser creativo
Ms C: Hay que ser creativo para no llenarse y poder disfrutar de todos los platos tampoco hay que quitarle el crédito al otro estilo de vida... conozco a uno que otro cazador y también tienen lo suyo.
…
El tema del cazador dio para más, pero eso será después.
13/7/09
Memoria caprichosa
Es extraño el mecanismo de la memoria. Uno va archivando cosas, algunas por un claro impacto emocional, otras porque cambiaron el rumbo de nuestras vidas, pero luego, el resto de la información va quedando con criterios no muy claros a mi entender. De pronto, ante ciertas circunstancias mi capacidad de asociación echa mano de las cosas más insólitas. Una escena de una película, una letra de una canción, una cita de algún libro. Casi nunca tienen mucho que ver, y muchas de esas no las guardé a propósito, incluso algunas son algo vergonzosas.
Por estos días, ante una situación particular sólo puedo pensar en una referencia, alguna escena de una telenovela en la que no estoy segura si fue Aura Cristina Geitner, o Juan Carlos Vargas (años ha) dicen que algunas personas son como un puñado de arena, entre más aprietes la mano, más rápido se van, por lo contrario si solamente la dejas abierta, los vas a conservar.
Por primera vez las cosas funcionan como quiero, no tengo más crédito que la paciencia y la falta de expectativas, y lo único que mi cabeza asocia, es una pinche escena de telenovela barata?
A veces me caigo mal, muy mal.
Por estos días, ante una situación particular sólo puedo pensar en una referencia, alguna escena de una telenovela en la que no estoy segura si fue Aura Cristina Geitner, o Juan Carlos Vargas (años ha) dicen que algunas personas son como un puñado de arena, entre más aprietes la mano, más rápido se van, por lo contrario si solamente la dejas abierta, los vas a conservar.
Por primera vez las cosas funcionan como quiero, no tengo más crédito que la paciencia y la falta de expectativas, y lo único que mi cabeza asocia, es una pinche escena de telenovela barata?
A veces me caigo mal, muy mal.
13/5/09
Cambiando de óptica
A falta de tiaras y juego de princesas en la infancia (entre otros), de grande cada vez que me dijeron que les gustaba o que me querían resulté preguntado ¿por qué?
Es así, la mayoría del tiempo tengo más fé en los demás que en mi misma.
Habiendo identificado el problema como una cosa grave, decidí tomar cartas en el asunto, y con un poquito de determinación un día me metí en un vestidito y zapatos de tacón, me maquillé más de lo normal, y cuando se me acercaron no me pregunté por qué, sino por qué no?.
Cuando por una vez estás firme en tus zapatos (aunque admito haber perdido práctica en los tacones, mis rodillas dan cuenta) dejas de mirarte el ombligo preguntando qué anda mal contigo y empiezas realmente a ver a los otros.
Digamos que me pasé de rosca, como en la prueba del oftalmólogo, me calcé un aumento mayor del necesario, pero esa nitidez que a uno le es ajena en la vida diaria, es una ilusión que vale la pena probar.
Resultado de la operación: empecé a ver las grietas en los otros y pasaron tres cosas:
1. Me di cuenta cómo me veía yo antes y entendí por qué nada funcionaba. (al menos uno de los aspectos)
2. Humanicé un poco a esos semidioses creados por mi cabeza insegura. Vi cómo se caían a pedazos los egos y la confianza de los más cancheros, de los más seguros, sólo con mirarlos un poquito más.
3. Me di cuenta que tenía que moderar, volver a un aumento inferior. Ya lo decía una amiga, todo es cuestión de balance.
Ni mucho que queme al santo, ni tan poco que no lo alumbre. Me bajé de los tacones y estoy probando con los planos, a ver si me cambia la perspectiva.
Es así, la mayoría del tiempo tengo más fé en los demás que en mi misma.
Habiendo identificado el problema como una cosa grave, decidí tomar cartas en el asunto, y con un poquito de determinación un día me metí en un vestidito y zapatos de tacón, me maquillé más de lo normal, y cuando se me acercaron no me pregunté por qué, sino por qué no?.
Cuando por una vez estás firme en tus zapatos (aunque admito haber perdido práctica en los tacones, mis rodillas dan cuenta) dejas de mirarte el ombligo preguntando qué anda mal contigo y empiezas realmente a ver a los otros.
Digamos que me pasé de rosca, como en la prueba del oftalmólogo, me calcé un aumento mayor del necesario, pero esa nitidez que a uno le es ajena en la vida diaria, es una ilusión que vale la pena probar.
Resultado de la operación: empecé a ver las grietas en los otros y pasaron tres cosas:
1. Me di cuenta cómo me veía yo antes y entendí por qué nada funcionaba. (al menos uno de los aspectos)
2. Humanicé un poco a esos semidioses creados por mi cabeza insegura. Vi cómo se caían a pedazos los egos y la confianza de los más cancheros, de los más seguros, sólo con mirarlos un poquito más.
3. Me di cuenta que tenía que moderar, volver a un aumento inferior. Ya lo decía una amiga, todo es cuestión de balance.
Ni mucho que queme al santo, ni tan poco que no lo alumbre. Me bajé de los tacones y estoy probando con los planos, a ver si me cambia la perspectiva.
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