Probablemente muchos ya habían llegado a esta conclusión, pero por alguna razón, para mí hoy es una epifanía. Siempre me pregunté por qué atraía a las personas equivocadas, y con las que me gustaban todo terminaba en la casilla de He’s just not that into me.
Fácil, cuando alguien no me gusta tiendo a subestimarlo, y entonces al verlo disminuido ante mí, actúo con mi mayor seguridad y naturaleza. Así supongo que soy un poco detestable para quienes me conocen, pero para el público en cuestión soy encantadora, confiada, y eso acrecienta el atractivo.
En cambio, cuando alguien me interesa, en primer lugar lo sobrestimo, amplifico sus talentos o cualidades y lo pongo en un pedestal. Acto seguido, me pongo yo unos cuantos escalones abajo, creyéndome no merecedora de tal icono (el que yo misma he creado), y muestro mi inseguridad por todos los poros.
Consecuencia lógica, me veo torpe, dubitativa, ignorante, necesitada y ansiosa (nunca en el modo encantador), la audiencia del momento termina llevándose una imagen equivocada de quién soy, porque yo en vez de hacerme buen mercadeo, caigo en el marketing casi lastimero (como me odio en ese momento).
La realidad no viene en gotas, así que me ha tomado un tiempo y estrellones bajar del pedestal a unos cuantos descrestacriollos ante los que sucumbí en algún momento.
El problema es que no siempre tengo la perspectiva que da el tiempo para cambiar al lente adecuado y bajar los niveles de torpeza; y aunque trabajo en la técnica (requiere de arduo entrenamiento) tengo que apelar un poco a la suerte, por un lado, para no seguir de avivagiles (el último porteñismo del que me apropié) endiosando a simples mortales, y por otro, para que si encuentro a mortales que me gusten, sean capaces de ver a través de la torpeza (que está en proceso largo de reparación).
18/11/08
4/11/08
La espera desespera
En días de poca paciencia y esperanza pienso que la vida es como una gran sala de espera. El problema es que todavía no tienen tablero electrónico con los numeritos, el sistema es algo desordenado y quienes atienden usan criterios desconocidos.
Cuando a uno le toca su turno, si está preparado, se lleva su trámite listo, todo en orden. Es como si uno esperara el turno para que le dijeran qué va a ser de su vida, si va a ser feliz, mediocre o miserable. Es como si se llevara un destino debajo del brazo.
Admito que en la espera suceden cosas inesperadas, de pronto gozas de la buena compañía de un libro, o de una banda sonora que te permite hacer unos cuantos globos, o a veces los transeúntes te divierten con sus actitudes. Otras veces te desesperas, ves cómo los empleados son más ineptos, la gente es torpe al hacer sus trámites, y tu turno no parece llegar nunca.
Es en esos días (hoy, uno de esos), es en los que quiero que ya pongan el tablero y el sistema de numeritos, así sé si me toca el turno a los 40, los 50 o a los 60, o nunca, y me decido de una vez a esperar conforme, o salgo y me voy.
Cuando a uno le toca su turno, si está preparado, se lleva su trámite listo, todo en orden. Es como si uno esperara el turno para que le dijeran qué va a ser de su vida, si va a ser feliz, mediocre o miserable. Es como si se llevara un destino debajo del brazo.
Admito que en la espera suceden cosas inesperadas, de pronto gozas de la buena compañía de un libro, o de una banda sonora que te permite hacer unos cuantos globos, o a veces los transeúntes te divierten con sus actitudes. Otras veces te desesperas, ves cómo los empleados son más ineptos, la gente es torpe al hacer sus trámites, y tu turno no parece llegar nunca.
Es en esos días (hoy, uno de esos), es en los que quiero que ya pongan el tablero y el sistema de numeritos, así sé si me toca el turno a los 40, los 50 o a los 60, o nunca, y me decido de una vez a esperar conforme, o salgo y me voy.
8/10/08
Marketing lastimero a la web
Nada más ofensivo que el marketing lastimero. Ya decían alguna vez que es preferible generar miedo antes que lástima. Se nota que con los problemas del spam, y la fotaleza de Facebook, a los competidores no se les ocurrió nada más creativo, nada más vendible, ninguna ventaja comparativa, sólo un mail de invitación de alguien conocido tuyo, que te ruega puerilmente en el asunto, “no me decepciones”.
Estos patéticos mails me recuerdan a los vendedores ambulantes. Yo los he clasificado en dos tipos, por un lado, los paisas-culebreros: aquellos que rebuscan las ventajas de su producto, y creen tener que convencerlo a uno de cuál es la utilidad de usar medias soquete, tener una lupa en casa, o simplemente que los pañuelitos también son "un bonito regalo". Esta clase de vendedores me causa gracia, si bien le subestiman a uno la inteligencia, se esfuerzan en su trabajo, sólo apelan a esas extraordinarias características (que sólo ellos ven) de eso que por suerte venden cada día a precio de regalo.
Pero también están los lastimeros, y estos son igualitos a los del mail. Son esos que a falta de ingenio marketinero recurren al chantaje emocional. Detrás del "señoras y señores hoy vengo ofreciendo...", hay un tono que realmente dice, tengo 7 hijos que alimentar, mi mujer se está muriendo, mi abuela tiene cáncer, y yo una enfermedad terminal. Sus pregones son lamentos (creo que eso me lo robé de una canción) y su argumento de venta es la desgracia de su vida, su habilidad, sin duda, es lograr con el tono de voz, y los ojos de comiquitia china a punto de llorar, la preciada venta.
A mí por suerte, la sensibilidad ante este tipo de actos se me murió, y lo único que me provocan esas intenciones lastimeras son rechazo absoluto, no me dan ganas de comprar, si acaso de exterminar.
Estos patéticos mails me recuerdan a los vendedores ambulantes. Yo los he clasificado en dos tipos, por un lado, los paisas-culebreros: aquellos que rebuscan las ventajas de su producto, y creen tener que convencerlo a uno de cuál es la utilidad de usar medias soquete, tener una lupa en casa, o simplemente que los pañuelitos también son "un bonito regalo". Esta clase de vendedores me causa gracia, si bien le subestiman a uno la inteligencia, se esfuerzan en su trabajo, sólo apelan a esas extraordinarias características (que sólo ellos ven) de eso que por suerte venden cada día a precio de regalo.
Pero también están los lastimeros, y estos son igualitos a los del mail. Son esos que a falta de ingenio marketinero recurren al chantaje emocional. Detrás del "señoras y señores hoy vengo ofreciendo...", hay un tono que realmente dice, tengo 7 hijos que alimentar, mi mujer se está muriendo, mi abuela tiene cáncer, y yo una enfermedad terminal. Sus pregones son lamentos (creo que eso me lo robé de una canción) y su argumento de venta es la desgracia de su vida, su habilidad, sin duda, es lograr con el tono de voz, y los ojos de comiquitia china a punto de llorar, la preciada venta.
A mí por suerte, la sensibilidad ante este tipo de actos se me murió, y lo único que me provocan esas intenciones lastimeras son rechazo absoluto, no me dan ganas de comprar, si acaso de exterminar.
25/9/08
Detestable hipocresía
Recuerdo que uno de los insultos más recurrentes y ofensivos en las peleas de amigas en mi época de colegio, era hipócrita. A pesar de vivir en un país donde la corrupción viene en la información genética, parece que teníamos bastante bien infundado que eso de ir de doble juego era lo peor que se podía hacer.
Nada como ser frentero, viniendo de la vereda que se venga. Por eso, en su momento, me caía mejor Pablo Escobar que los Rodríguez Orejuela. El primero “ajusticiaba” a su manera, los otros corrompían el establecimiento. El primero se declaraba abiertamente un capo, un matón, los otros se hacían llamar empresarios.
Los hipócritas me ofenden, me asaltan en mi buena fe, me subestiman la inteligencia, me toman por imbécil, y eso, es quizás lo que más me irrita.
Serán las casualidades, pero aquí, en Argentina, he conocido más mujeres hipócritas que hombres (alimentando mi misoginia), además lo son hasta el tuétano, con todas las ganas, con toda la furia, me generan ripia, me revuelven el estómago, me duelen las entrañas sólo tener que escucharlas.
La capo de todas, la presidenta, que es de esa clase de personas que me hace avergonzarme de pertenecer al mismo género. La mujer no puede ser más absurda porque no es más vieja, con su discurso airoso y contradictorio, con sus mentiras en la cara de la gente (que los precios de la comida bajaron, cuando a nadie que yo conozca le alcanza más el sueldo), tirando de progresista y diciendo que no compra zapatos de 80 pesos (que yo no puedo comprar) porque se disfraza de pobre (lo que me pondría a mí, en la línea de indigencia, y no es por nada, pero por suerte no estoy tan abajo en la cadena).
Luego, he tenido que lidiar más de cerca con otra mujer, recalcitrante, detestable, que se precia de ser la primera en alinearse para ayudar a los pobres de las villas, mientras construye su discurso seudocaritativo así: “hay que sacar a esa morochada de las villas” o “y estaba viendo la marcha de andrajosos, todos gordos, sucios, mal vestidos, con los nenes, morochos todos, muertos de hambre, como los llevan a protestar engañados”.
En su parloteo incesante habla de la injusticia social, se queja de los precios, del gobierno, se las da de muy culta, mientras habla de sus viajes por el mundo o luce (muy mal además) una cartera Dolce&Gabana.
No es que yo deteste a los “ricos”, si acaso les envidio la plata, pero por eso de que “mi dios le da pan al que no tiene dientes” (mi pensamiento en el momento es como ésta levantada puede darse esos lujos!). No hago un juicio de valor sobre sus ideologías, sólo me ofende profundamente cuando son tan de doble filo, tan caretas, que sean incapaces de hacerse cargo de que realmente detestan a los pobres, que no los soportan cerca, que discriminan por todos los aspectos: por raza, por educación, por condición económica, por nacionalidad, por género, por todo lo que se pueda discriminar, y que no tengan el coraje ser de frente quienes realmente son.
Tampoco creo que la gente deba andar predicando sus ideologías a diestra y siniestra, nadie tiene por qué enterarse de sus gustos y disgustos, entre otras porque podrían ser agresores; pero entonces podrían callarse la boca, y no tener la cara dura de no hablar de desigualdad social y los negros brutos que la miran en el gimnasio en los mismos cinco minutos.
Nada como ser frentero, viniendo de la vereda que se venga. Por eso, en su momento, me caía mejor Pablo Escobar que los Rodríguez Orejuela. El primero “ajusticiaba” a su manera, los otros corrompían el establecimiento. El primero se declaraba abiertamente un capo, un matón, los otros se hacían llamar empresarios.
Los hipócritas me ofenden, me asaltan en mi buena fe, me subestiman la inteligencia, me toman por imbécil, y eso, es quizás lo que más me irrita.
Serán las casualidades, pero aquí, en Argentina, he conocido más mujeres hipócritas que hombres (alimentando mi misoginia), además lo son hasta el tuétano, con todas las ganas, con toda la furia, me generan ripia, me revuelven el estómago, me duelen las entrañas sólo tener que escucharlas.
La capo de todas, la presidenta, que es de esa clase de personas que me hace avergonzarme de pertenecer al mismo género. La mujer no puede ser más absurda porque no es más vieja, con su discurso airoso y contradictorio, con sus mentiras en la cara de la gente (que los precios de la comida bajaron, cuando a nadie que yo conozca le alcanza más el sueldo), tirando de progresista y diciendo que no compra zapatos de 80 pesos (que yo no puedo comprar) porque se disfraza de pobre (lo que me pondría a mí, en la línea de indigencia, y no es por nada, pero por suerte no estoy tan abajo en la cadena).
Luego, he tenido que lidiar más de cerca con otra mujer, recalcitrante, detestable, que se precia de ser la primera en alinearse para ayudar a los pobres de las villas, mientras construye su discurso seudocaritativo así: “hay que sacar a esa morochada de las villas” o “y estaba viendo la marcha de andrajosos, todos gordos, sucios, mal vestidos, con los nenes, morochos todos, muertos de hambre, como los llevan a protestar engañados”.
En su parloteo incesante habla de la injusticia social, se queja de los precios, del gobierno, se las da de muy culta, mientras habla de sus viajes por el mundo o luce (muy mal además) una cartera Dolce&Gabana.
No es que yo deteste a los “ricos”, si acaso les envidio la plata, pero por eso de que “mi dios le da pan al que no tiene dientes” (mi pensamiento en el momento es como ésta levantada puede darse esos lujos!). No hago un juicio de valor sobre sus ideologías, sólo me ofende profundamente cuando son tan de doble filo, tan caretas, que sean incapaces de hacerse cargo de que realmente detestan a los pobres, que no los soportan cerca, que discriminan por todos los aspectos: por raza, por educación, por condición económica, por nacionalidad, por género, por todo lo que se pueda discriminar, y que no tengan el coraje ser de frente quienes realmente son.
Tampoco creo que la gente deba andar predicando sus ideologías a diestra y siniestra, nadie tiene por qué enterarse de sus gustos y disgustos, entre otras porque podrían ser agresores; pero entonces podrían callarse la boca, y no tener la cara dura de no hablar de desigualdad social y los negros brutos que la miran en el gimnasio en los mismos cinco minutos.
9/9/08
Diversificando el portafolio
No soy experta en portafolios de inversiones, pero algo me hace pensar que se parece mucho a como uno se puede manejar mientras busca pareja.
Las inversiones se pueden medir en cantidades de tiempo y atención. Los niveles de riesgo, son las expectativas. Los rendimientos, la satisfacción que le de a uno cada relación.
Hay varios tipos de inversionistas, y prácticamente ninguna forma de invertir es equivocada, lo importante es saber qué se espera del portafolio, con qué capital se cuenta, cuánto riesgo se es capaz de asumir, y qué clase de inversionista se quiere ser.
Existen los inversionistas arriesgados, kamikaze, que hacen grandes inversiones, con altos niveles de riesgo, y a la hora de los resultados, éstos son más que proporcionales: se gana y se pierde en grande.
A esta clase de inversionista un consejero le diría que divida la torta, y no ponga todas sus fichas en una inversión, sino que por el contrario, las reparta, un poquito en algo de bajísimo riesgo, otro en riesgo mediano, y sí un poco más a la de alto riesgo. De esta manera, siempre tiene capital, no genera dependencia de una sola inversión y no se entrega del todo a la suerte, porque si bien el mercado se mueve por la especulación de la información, hay una cuota importante de suerte. Les aseguro que el que salió a la bolsa el famoso 11 de septiembre, podría tener toda la información del mundo, pero ese día, simplemente no se levantó con el pie derecho.
También están los inversionistas muy conservadores, quiénes sólo ponen su dinero en inversiones de riesgo casi cero, así el rendimiento sea poco, pues no se dejan tentar con la posibilidad de mayores ganancias y le huyen a cualquier posibilidad de crash. Son gente que programa sus ahorros, y prefiere vivir con menor liquidez, pues depende de su inversión para vivir.
Aquí el consejero diría que vale la pena así sea una pequeña parte, ponerla a mayor riesgo, a fin de cuentas, la idea siempre es aumentar los rendimientos, además, probar el vértigo de la posibilidad de ganar mucho, también es rédito.
No soy amiga de los extremos, creo que el inversionista ideal, es quien se atreve a arriesgar, pero no deja de tener algo seguro. Por qué no dejamos de arriesgarlo todo, casi siempre con grandes pérdidas, y empezamos a repartir las expectativas con la diversificación del portafolio? Las inversiones solamente seguras, tienden a ser aburridas, y las riesgosas, suicidas. Creo que la clave está en tener más de una, y sólo abandonar la diversidad si una en especial merece la pena, luego de tener evidencia de la rentabilidad a bajo riesgo.
Las inversiones se pueden medir en cantidades de tiempo y atención. Los niveles de riesgo, son las expectativas. Los rendimientos, la satisfacción que le de a uno cada relación.
Hay varios tipos de inversionistas, y prácticamente ninguna forma de invertir es equivocada, lo importante es saber qué se espera del portafolio, con qué capital se cuenta, cuánto riesgo se es capaz de asumir, y qué clase de inversionista se quiere ser.
Existen los inversionistas arriesgados, kamikaze, que hacen grandes inversiones, con altos niveles de riesgo, y a la hora de los resultados, éstos son más que proporcionales: se gana y se pierde en grande.
A esta clase de inversionista un consejero le diría que divida la torta, y no ponga todas sus fichas en una inversión, sino que por el contrario, las reparta, un poquito en algo de bajísimo riesgo, otro en riesgo mediano, y sí un poco más a la de alto riesgo. De esta manera, siempre tiene capital, no genera dependencia de una sola inversión y no se entrega del todo a la suerte, porque si bien el mercado se mueve por la especulación de la información, hay una cuota importante de suerte. Les aseguro que el que salió a la bolsa el famoso 11 de septiembre, podría tener toda la información del mundo, pero ese día, simplemente no se levantó con el pie derecho.
También están los inversionistas muy conservadores, quiénes sólo ponen su dinero en inversiones de riesgo casi cero, así el rendimiento sea poco, pues no se dejan tentar con la posibilidad de mayores ganancias y le huyen a cualquier posibilidad de crash. Son gente que programa sus ahorros, y prefiere vivir con menor liquidez, pues depende de su inversión para vivir.
Aquí el consejero diría que vale la pena así sea una pequeña parte, ponerla a mayor riesgo, a fin de cuentas, la idea siempre es aumentar los rendimientos, además, probar el vértigo de la posibilidad de ganar mucho, también es rédito.
No soy amiga de los extremos, creo que el inversionista ideal, es quien se atreve a arriesgar, pero no deja de tener algo seguro. Por qué no dejamos de arriesgarlo todo, casi siempre con grandes pérdidas, y empezamos a repartir las expectativas con la diversificación del portafolio? Las inversiones solamente seguras, tienden a ser aburridas, y las riesgosas, suicidas. Creo que la clave está en tener más de una, y sólo abandonar la diversidad si una en especial merece la pena, luego de tener evidencia de la rentabilidad a bajo riesgo.
25/8/08
Pérdida del sentido de la realidad
Uno de mis mayores temores es convertirme en eso que tanto critico. Terminar siendo eventualmente, todo eso que no quiero ser. Así que le pido constantemente a mis amigos que cuando me vean en según y qué situaciones, me adviertan, o directamente me pongan el cianuro en el café porque habré perdido el viaje a este mundo.
Mi temor se acrecienta cuando me encuentro una escena como la siguiente: dos mujeres bordeando los 50 (si son menos, son bastante mal llevados), paradas en una fila para entrar al Jardín Japonés. Vamos a llamarlas a una I (de insoportable) y a la otra PF (de perrito faldero). I comienza su perorata de quejas que tiene un hilo conductor algo extraño, debido a la capacidad de asociación errática. En 20 minutos pasó de la cantidad de gente, el clima, la ropa de mala calidad, la soledad, la pobreza, la familia acomodada, el tránsito, las obras sociales y hasta se atrevió a criticarme, en mi cara y en mi presencia!
PF la escuchaba atentamente, sin siquiera asentir, sus pobrísimas intervenciones no le daban pie a I (de ahí su admirable capacidad de asociación), sólo intentaban amilanar su furia.
Por supuesto I es el típico personaje Juan Zapata, si no la gana, la empata, que pelea sola, y que se tiene que congraciar sola (debido a la falta de respuesta de PF). Comenta:
I: Me estoy cagando de frío, y es que yo me cuido del frío porque sino, me enfermo. Y yo como vivo sola no me puedo enfermar, porque no tengo quién me traiga la lechita a la cama, y me toca así, enferma y todo a salir a comprar la medicina, porque no tengo quién me la lleve.
PF: Pero ahora hay farmacias que la llevan a domicilio.
I: ¡Ah no, pero si te las llevan, te cobran tres veces más! Entonces me toca ir con fiebre a comprarlas, y yo a esta edad, y enferma, y aún así tengo ir yo a la farmacia.
PF:...
I: Además no todas las farmacias te hacen el favor de ir a llevártela a tu casa, eso sólo si eres mayor, a la gente mayor sí se la llevan, pero como yo no soy mayor, como yo soy joven, a mí no, y me toca salir enferma a comprar las medicinas.
PF: Farmacity te hace el delivery, y no te cobra.
I: Menos mal traje este poncho que es recaliente, no sabés, porque yo sabía que iba a hacer frío.
PF: Si hace un poco de frío, por el viento que corre.
I: Pero esto no es frío, porque este invierno no enfrió de verdad, el de antes, eso sí era frío.
Pero, esa clase de conversaciones son frecuentes, y sólo tenía ganas de decirle a la señora que por qué no se había quedado en su casa, así se evitaba ella la fatiga, y nos la evitaba al resto del mundo escuchar sus quejas infinitas y sin sentido. De hecho, también pensaba que a esa gente, no deberían dejarla salir de su casa.
Sin embargo, como siempre esa gente se supera sola, lo que vino luego, fue la tapa. Luego de rajar de su familia con saña y furia en la voz, (para este momento, yo no tenía ninguna duda de por qué vivía sola) con esa asociación errática, a falta de respuesta de PF, suelta: I: Porque eso sí, yo decidí que no quiero tener hijos. A estas alturas de mi vida, y andar detrás de un crío, no, no, nooo, ni más faltaba, que lo críen los padres, pero yo no quiero un niño para que me llore, y no me deje dormir.
Mi temor se acrecienta cuando me encuentro una escena como la siguiente: dos mujeres bordeando los 50 (si son menos, son bastante mal llevados), paradas en una fila para entrar al Jardín Japonés. Vamos a llamarlas a una I (de insoportable) y a la otra PF (de perrito faldero). I comienza su perorata de quejas que tiene un hilo conductor algo extraño, debido a la capacidad de asociación errática. En 20 minutos pasó de la cantidad de gente, el clima, la ropa de mala calidad, la soledad, la pobreza, la familia acomodada, el tránsito, las obras sociales y hasta se atrevió a criticarme, en mi cara y en mi presencia!
PF la escuchaba atentamente, sin siquiera asentir, sus pobrísimas intervenciones no le daban pie a I (de ahí su admirable capacidad de asociación), sólo intentaban amilanar su furia.
Por supuesto I es el típico personaje Juan Zapata, si no la gana, la empata, que pelea sola, y que se tiene que congraciar sola (debido a la falta de respuesta de PF). Comenta:
I: Me estoy cagando de frío, y es que yo me cuido del frío porque sino, me enfermo. Y yo como vivo sola no me puedo enfermar, porque no tengo quién me traiga la lechita a la cama, y me toca así, enferma y todo a salir a comprar la medicina, porque no tengo quién me la lleve.
PF: Pero ahora hay farmacias que la llevan a domicilio.
I: ¡Ah no, pero si te las llevan, te cobran tres veces más! Entonces me toca ir con fiebre a comprarlas, y yo a esta edad, y enferma, y aún así tengo ir yo a la farmacia.
PF:...
I: Además no todas las farmacias te hacen el favor de ir a llevártela a tu casa, eso sólo si eres mayor, a la gente mayor sí se la llevan, pero como yo no soy mayor, como yo soy joven, a mí no, y me toca salir enferma a comprar las medicinas.
PF: Farmacity te hace el delivery, y no te cobra.
I: Menos mal traje este poncho que es recaliente, no sabés, porque yo sabía que iba a hacer frío.
PF: Si hace un poco de frío, por el viento que corre.
I: Pero esto no es frío, porque este invierno no enfrió de verdad, el de antes, eso sí era frío.
Pero, esa clase de conversaciones son frecuentes, y sólo tenía ganas de decirle a la señora que por qué no se había quedado en su casa, así se evitaba ella la fatiga, y nos la evitaba al resto del mundo escuchar sus quejas infinitas y sin sentido. De hecho, también pensaba que a esa gente, no deberían dejarla salir de su casa.
Sin embargo, como siempre esa gente se supera sola, lo que vino luego, fue la tapa. Luego de rajar de su familia con saña y furia en la voz, (para este momento, yo no tenía ninguna duda de por qué vivía sola) con esa asociación errática, a falta de respuesta de PF, suelta: I: Porque eso sí, yo decidí que no quiero tener hijos. A estas alturas de mi vida, y andar detrás de un crío, no, no, nooo, ni más faltaba, que lo críen los padres, pero yo no quiero un niño para que me llore, y no me deje dormir.
PF: Esperá, esperá que en unos años no vas a decir lo mismo, y vas a querer tener tus hijos.
(¡¿?¡)
23/8/08
Leyes de mercado
Me gusta la economía porque sus leyes pueden explicarlo casi todo. La teoría de los juegos, por ejemplo, se puede aplicar para tomar prácticamente cualquier decisión. Incluso hay economistas teorizando sobre la estupidez humana (Cipolla) y resulta un abordaje interesante. Así que empíricamente venimos con algunos amigos intentando explicar el mundo de las relaciones en comparación del funcionamiento de un mercado (nada nuevo, ni mucho menos).
El mercado se describe desde la perspectiva femenina, aún sabiendo que puede verse muy machista, no obstante, se hace en aras de facilitar la explicación.
Demanda: hombres
Oferta: mujeres
Precio: esfuerzo del hombre por conquistar a la mujer
Compra: encuentro con propósitos amorosos
Fidelización de producto: compra repetida- relación de pareja
Certificado de calidad Iso9001: una mujer deseable, linda, inteligente, divertida (por simplificar la ecuación).
La primera premisa es que la oferta es superior (en número) a la demanda, lo que hace que sea un mercado competitivo en el que el precio se establece cada vez más bajo. (Desde la perspectiva femenina y la lógica del mercado es que si uno se hace la difícil, el comprador siempre encontrará una mejor oferta).
Sin embargo, la elasticidad de la demanda (la respuesta de la demanda ante cualquier cambio en el precio) no es única. Ante un aumento del precio, la demanda es inelástica (cuando se interesaron en una mujer que hace la conquista muy difícil, ellos insisten, mantienen su interés, siguen comprando, como si se tratara de insulina). Ante una disminución en el precio, la demanda es elástica (entre más fácil es una mujer, hay más hombres que la compran, pero pocos interesados en fidelizarse al producto, objetivo final de la oferta).
Una disminución de precio, es directamente relacionada a una baja del valor en términos de calidad del producto, y la asociación de alto precio con alta calidad es natural.
De la característica anterior podemos concluir que un precio bajo siempre será sospechoso. Supongamos este panorama: una mujer con certificado de calidad ISO9001, decide exigir un menor precio, aduciendo madurez, y buscando cierto tipo de comprador racional que debería apreciar un producto de calidad sin guiarse necesariamente por el precio. Indefectiblemente se equivoca, la oferente pierde valor y el comprador puede hacer una compra, pero nunca se fideliza.
En español: sin importar la valía de la mujer, siempre hay que hacerse la difícil, de lo contrario, pierde. Ir de frente no da buenos resultados, ser sincero y abierto sólo hace perder el interés, hace dudar de lo maravillosa que puede ser la mujer. Como dicen en mi tierra: de eso tan bueno no dan tanto.
Si todavía la oferta se empeña en encontrar compradores racionales que reconocen una joya entre los saldos, nos planteamos el tema de ser un producto exótico, y pasamos al problema de dónde está el mercado objetivo.
El mercado se describe desde la perspectiva femenina, aún sabiendo que puede verse muy machista, no obstante, se hace en aras de facilitar la explicación.
Demanda: hombres
Oferta: mujeres
Precio: esfuerzo del hombre por conquistar a la mujer
Compra: encuentro con propósitos amorosos
Fidelización de producto: compra repetida- relación de pareja
Certificado de calidad Iso9001: una mujer deseable, linda, inteligente, divertida (por simplificar la ecuación).
La primera premisa es que la oferta es superior (en número) a la demanda, lo que hace que sea un mercado competitivo en el que el precio se establece cada vez más bajo. (Desde la perspectiva femenina y la lógica del mercado es que si uno se hace la difícil, el comprador siempre encontrará una mejor oferta).
Sin embargo, la elasticidad de la demanda (la respuesta de la demanda ante cualquier cambio en el precio) no es única. Ante un aumento del precio, la demanda es inelástica (cuando se interesaron en una mujer que hace la conquista muy difícil, ellos insisten, mantienen su interés, siguen comprando, como si se tratara de insulina). Ante una disminución en el precio, la demanda es elástica (entre más fácil es una mujer, hay más hombres que la compran, pero pocos interesados en fidelizarse al producto, objetivo final de la oferta).
Una disminución de precio, es directamente relacionada a una baja del valor en términos de calidad del producto, y la asociación de alto precio con alta calidad es natural.
De la característica anterior podemos concluir que un precio bajo siempre será sospechoso. Supongamos este panorama: una mujer con certificado de calidad ISO9001, decide exigir un menor precio, aduciendo madurez, y buscando cierto tipo de comprador racional que debería apreciar un producto de calidad sin guiarse necesariamente por el precio. Indefectiblemente se equivoca, la oferente pierde valor y el comprador puede hacer una compra, pero nunca se fideliza.
En español: sin importar la valía de la mujer, siempre hay que hacerse la difícil, de lo contrario, pierde. Ir de frente no da buenos resultados, ser sincero y abierto sólo hace perder el interés, hace dudar de lo maravillosa que puede ser la mujer. Como dicen en mi tierra: de eso tan bueno no dan tanto.
Si todavía la oferta se empeña en encontrar compradores racionales que reconocen una joya entre los saldos, nos planteamos el tema de ser un producto exótico, y pasamos al problema de dónde está el mercado objetivo.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)