Recuerdo que uno de los insultos más recurrentes y ofensivos en las peleas de amigas en mi época de colegio, era hipócrita. A pesar de vivir en un país donde la corrupción viene en la información genética, parece que teníamos bastante bien infundado que eso de ir de doble juego era lo peor que se podía hacer.
Nada como ser frentero, viniendo de la vereda que se venga. Por eso, en su momento, me caía mejor Pablo Escobar que los Rodríguez Orejuela. El primero “ajusticiaba” a su manera, los otros corrompían el establecimiento. El primero se declaraba abiertamente un capo, un matón, los otros se hacían llamar empresarios.
Los hipócritas me ofenden, me asaltan en mi buena fe, me subestiman la inteligencia, me toman por imbécil, y eso, es quizás lo que más me irrita.
Serán las casualidades, pero aquí, en Argentina, he conocido más mujeres hipócritas que hombres (alimentando mi misoginia), además lo son hasta el tuétano, con todas las ganas, con toda la furia, me generan ripia, me revuelven el estómago, me duelen las entrañas sólo tener que escucharlas.
La capo de todas, la presidenta, que es de esa clase de personas que me hace avergonzarme de pertenecer al mismo género. La mujer no puede ser más absurda porque no es más vieja, con su discurso airoso y contradictorio, con sus mentiras en la cara de la gente (que los precios de la comida bajaron, cuando a nadie que yo conozca le alcanza más el sueldo), tirando de progresista y diciendo que no compra zapatos de 80 pesos (que yo no puedo comprar) porque se disfraza de pobre (lo que me pondría a mí, en la línea de indigencia, y no es por nada, pero por suerte no estoy tan abajo en la cadena).
Luego, he tenido que lidiar más de cerca con otra mujer, recalcitrante, detestable, que se precia de ser la primera en alinearse para ayudar a los pobres de las villas, mientras construye su discurso seudocaritativo así: “hay que sacar a esa morochada de las villas” o “y estaba viendo la marcha de andrajosos, todos gordos, sucios, mal vestidos, con los nenes, morochos todos, muertos de hambre, como los llevan a protestar engañados”.
En su parloteo incesante habla de la injusticia social, se queja de los precios, del gobierno, se las da de muy culta, mientras habla de sus viajes por el mundo o luce (muy mal además) una cartera Dolce&Gabana.
No es que yo deteste a los “ricos”, si acaso les envidio la plata, pero por eso de que “mi dios le da pan al que no tiene dientes” (mi pensamiento en el momento es como ésta levantada puede darse esos lujos!). No hago un juicio de valor sobre sus ideologías, sólo me ofende profundamente cuando son tan de doble filo, tan caretas, que sean incapaces de hacerse cargo de que realmente detestan a los pobres, que no los soportan cerca, que discriminan por todos los aspectos: por raza, por educación, por condición económica, por nacionalidad, por género, por todo lo que se pueda discriminar, y que no tengan el coraje ser de frente quienes realmente son.
Tampoco creo que la gente deba andar predicando sus ideologías a diestra y siniestra, nadie tiene por qué enterarse de sus gustos y disgustos, entre otras porque podrían ser agresores; pero entonces podrían callarse la boca, y no tener la cara dura de no hablar de desigualdad social y los negros brutos que la miran en el gimnasio en los mismos cinco minutos.
25/9/08
9/9/08
Diversificando el portafolio
No soy experta en portafolios de inversiones, pero algo me hace pensar que se parece mucho a como uno se puede manejar mientras busca pareja.
Las inversiones se pueden medir en cantidades de tiempo y atención. Los niveles de riesgo, son las expectativas. Los rendimientos, la satisfacción que le de a uno cada relación.
Hay varios tipos de inversionistas, y prácticamente ninguna forma de invertir es equivocada, lo importante es saber qué se espera del portafolio, con qué capital se cuenta, cuánto riesgo se es capaz de asumir, y qué clase de inversionista se quiere ser.
Existen los inversionistas arriesgados, kamikaze, que hacen grandes inversiones, con altos niveles de riesgo, y a la hora de los resultados, éstos son más que proporcionales: se gana y se pierde en grande.
A esta clase de inversionista un consejero le diría que divida la torta, y no ponga todas sus fichas en una inversión, sino que por el contrario, las reparta, un poquito en algo de bajísimo riesgo, otro en riesgo mediano, y sí un poco más a la de alto riesgo. De esta manera, siempre tiene capital, no genera dependencia de una sola inversión y no se entrega del todo a la suerte, porque si bien el mercado se mueve por la especulación de la información, hay una cuota importante de suerte. Les aseguro que el que salió a la bolsa el famoso 11 de septiembre, podría tener toda la información del mundo, pero ese día, simplemente no se levantó con el pie derecho.
También están los inversionistas muy conservadores, quiénes sólo ponen su dinero en inversiones de riesgo casi cero, así el rendimiento sea poco, pues no se dejan tentar con la posibilidad de mayores ganancias y le huyen a cualquier posibilidad de crash. Son gente que programa sus ahorros, y prefiere vivir con menor liquidez, pues depende de su inversión para vivir.
Aquí el consejero diría que vale la pena así sea una pequeña parte, ponerla a mayor riesgo, a fin de cuentas, la idea siempre es aumentar los rendimientos, además, probar el vértigo de la posibilidad de ganar mucho, también es rédito.
No soy amiga de los extremos, creo que el inversionista ideal, es quien se atreve a arriesgar, pero no deja de tener algo seguro. Por qué no dejamos de arriesgarlo todo, casi siempre con grandes pérdidas, y empezamos a repartir las expectativas con la diversificación del portafolio? Las inversiones solamente seguras, tienden a ser aburridas, y las riesgosas, suicidas. Creo que la clave está en tener más de una, y sólo abandonar la diversidad si una en especial merece la pena, luego de tener evidencia de la rentabilidad a bajo riesgo.
Las inversiones se pueden medir en cantidades de tiempo y atención. Los niveles de riesgo, son las expectativas. Los rendimientos, la satisfacción que le de a uno cada relación.
Hay varios tipos de inversionistas, y prácticamente ninguna forma de invertir es equivocada, lo importante es saber qué se espera del portafolio, con qué capital se cuenta, cuánto riesgo se es capaz de asumir, y qué clase de inversionista se quiere ser.
Existen los inversionistas arriesgados, kamikaze, que hacen grandes inversiones, con altos niveles de riesgo, y a la hora de los resultados, éstos son más que proporcionales: se gana y se pierde en grande.
A esta clase de inversionista un consejero le diría que divida la torta, y no ponga todas sus fichas en una inversión, sino que por el contrario, las reparta, un poquito en algo de bajísimo riesgo, otro en riesgo mediano, y sí un poco más a la de alto riesgo. De esta manera, siempre tiene capital, no genera dependencia de una sola inversión y no se entrega del todo a la suerte, porque si bien el mercado se mueve por la especulación de la información, hay una cuota importante de suerte. Les aseguro que el que salió a la bolsa el famoso 11 de septiembre, podría tener toda la información del mundo, pero ese día, simplemente no se levantó con el pie derecho.
También están los inversionistas muy conservadores, quiénes sólo ponen su dinero en inversiones de riesgo casi cero, así el rendimiento sea poco, pues no se dejan tentar con la posibilidad de mayores ganancias y le huyen a cualquier posibilidad de crash. Son gente que programa sus ahorros, y prefiere vivir con menor liquidez, pues depende de su inversión para vivir.
Aquí el consejero diría que vale la pena así sea una pequeña parte, ponerla a mayor riesgo, a fin de cuentas, la idea siempre es aumentar los rendimientos, además, probar el vértigo de la posibilidad de ganar mucho, también es rédito.
No soy amiga de los extremos, creo que el inversionista ideal, es quien se atreve a arriesgar, pero no deja de tener algo seguro. Por qué no dejamos de arriesgarlo todo, casi siempre con grandes pérdidas, y empezamos a repartir las expectativas con la diversificación del portafolio? Las inversiones solamente seguras, tienden a ser aburridas, y las riesgosas, suicidas. Creo que la clave está en tener más de una, y sólo abandonar la diversidad si una en especial merece la pena, luego de tener evidencia de la rentabilidad a bajo riesgo.
25/8/08
Pérdida del sentido de la realidad
Uno de mis mayores temores es convertirme en eso que tanto critico. Terminar siendo eventualmente, todo eso que no quiero ser. Así que le pido constantemente a mis amigos que cuando me vean en según y qué situaciones, me adviertan, o directamente me pongan el cianuro en el café porque habré perdido el viaje a este mundo.
Mi temor se acrecienta cuando me encuentro una escena como la siguiente: dos mujeres bordeando los 50 (si son menos, son bastante mal llevados), paradas en una fila para entrar al Jardín Japonés. Vamos a llamarlas a una I (de insoportable) y a la otra PF (de perrito faldero). I comienza su perorata de quejas que tiene un hilo conductor algo extraño, debido a la capacidad de asociación errática. En 20 minutos pasó de la cantidad de gente, el clima, la ropa de mala calidad, la soledad, la pobreza, la familia acomodada, el tránsito, las obras sociales y hasta se atrevió a criticarme, en mi cara y en mi presencia!
PF la escuchaba atentamente, sin siquiera asentir, sus pobrísimas intervenciones no le daban pie a I (de ahí su admirable capacidad de asociación), sólo intentaban amilanar su furia.
Por supuesto I es el típico personaje Juan Zapata, si no la gana, la empata, que pelea sola, y que se tiene que congraciar sola (debido a la falta de respuesta de PF). Comenta:
I: Me estoy cagando de frío, y es que yo me cuido del frío porque sino, me enfermo. Y yo como vivo sola no me puedo enfermar, porque no tengo quién me traiga la lechita a la cama, y me toca así, enferma y todo a salir a comprar la medicina, porque no tengo quién me la lleve.
PF: Pero ahora hay farmacias que la llevan a domicilio.
I: ¡Ah no, pero si te las llevan, te cobran tres veces más! Entonces me toca ir con fiebre a comprarlas, y yo a esta edad, y enferma, y aún así tengo ir yo a la farmacia.
PF:...
I: Además no todas las farmacias te hacen el favor de ir a llevártela a tu casa, eso sólo si eres mayor, a la gente mayor sí se la llevan, pero como yo no soy mayor, como yo soy joven, a mí no, y me toca salir enferma a comprar las medicinas.
PF: Farmacity te hace el delivery, y no te cobra.
I: Menos mal traje este poncho que es recaliente, no sabés, porque yo sabía que iba a hacer frío.
PF: Si hace un poco de frío, por el viento que corre.
I: Pero esto no es frío, porque este invierno no enfrió de verdad, el de antes, eso sí era frío.
Pero, esa clase de conversaciones son frecuentes, y sólo tenía ganas de decirle a la señora que por qué no se había quedado en su casa, así se evitaba ella la fatiga, y nos la evitaba al resto del mundo escuchar sus quejas infinitas y sin sentido. De hecho, también pensaba que a esa gente, no deberían dejarla salir de su casa.
Sin embargo, como siempre esa gente se supera sola, lo que vino luego, fue la tapa. Luego de rajar de su familia con saña y furia en la voz, (para este momento, yo no tenía ninguna duda de por qué vivía sola) con esa asociación errática, a falta de respuesta de PF, suelta: I: Porque eso sí, yo decidí que no quiero tener hijos. A estas alturas de mi vida, y andar detrás de un crío, no, no, nooo, ni más faltaba, que lo críen los padres, pero yo no quiero un niño para que me llore, y no me deje dormir.
Mi temor se acrecienta cuando me encuentro una escena como la siguiente: dos mujeres bordeando los 50 (si son menos, son bastante mal llevados), paradas en una fila para entrar al Jardín Japonés. Vamos a llamarlas a una I (de insoportable) y a la otra PF (de perrito faldero). I comienza su perorata de quejas que tiene un hilo conductor algo extraño, debido a la capacidad de asociación errática. En 20 minutos pasó de la cantidad de gente, el clima, la ropa de mala calidad, la soledad, la pobreza, la familia acomodada, el tránsito, las obras sociales y hasta se atrevió a criticarme, en mi cara y en mi presencia!
PF la escuchaba atentamente, sin siquiera asentir, sus pobrísimas intervenciones no le daban pie a I (de ahí su admirable capacidad de asociación), sólo intentaban amilanar su furia.
Por supuesto I es el típico personaje Juan Zapata, si no la gana, la empata, que pelea sola, y que se tiene que congraciar sola (debido a la falta de respuesta de PF). Comenta:
I: Me estoy cagando de frío, y es que yo me cuido del frío porque sino, me enfermo. Y yo como vivo sola no me puedo enfermar, porque no tengo quién me traiga la lechita a la cama, y me toca así, enferma y todo a salir a comprar la medicina, porque no tengo quién me la lleve.
PF: Pero ahora hay farmacias que la llevan a domicilio.
I: ¡Ah no, pero si te las llevan, te cobran tres veces más! Entonces me toca ir con fiebre a comprarlas, y yo a esta edad, y enferma, y aún así tengo ir yo a la farmacia.
PF:...
I: Además no todas las farmacias te hacen el favor de ir a llevártela a tu casa, eso sólo si eres mayor, a la gente mayor sí se la llevan, pero como yo no soy mayor, como yo soy joven, a mí no, y me toca salir enferma a comprar las medicinas.
PF: Farmacity te hace el delivery, y no te cobra.
I: Menos mal traje este poncho que es recaliente, no sabés, porque yo sabía que iba a hacer frío.
PF: Si hace un poco de frío, por el viento que corre.
I: Pero esto no es frío, porque este invierno no enfrió de verdad, el de antes, eso sí era frío.
Pero, esa clase de conversaciones son frecuentes, y sólo tenía ganas de decirle a la señora que por qué no se había quedado en su casa, así se evitaba ella la fatiga, y nos la evitaba al resto del mundo escuchar sus quejas infinitas y sin sentido. De hecho, también pensaba que a esa gente, no deberían dejarla salir de su casa.
Sin embargo, como siempre esa gente se supera sola, lo que vino luego, fue la tapa. Luego de rajar de su familia con saña y furia en la voz, (para este momento, yo no tenía ninguna duda de por qué vivía sola) con esa asociación errática, a falta de respuesta de PF, suelta: I: Porque eso sí, yo decidí que no quiero tener hijos. A estas alturas de mi vida, y andar detrás de un crío, no, no, nooo, ni más faltaba, que lo críen los padres, pero yo no quiero un niño para que me llore, y no me deje dormir.
PF: Esperá, esperá que en unos años no vas a decir lo mismo, y vas a querer tener tus hijos.
(¡¿?¡)
23/8/08
Leyes de mercado
Me gusta la economía porque sus leyes pueden explicarlo casi todo. La teoría de los juegos, por ejemplo, se puede aplicar para tomar prácticamente cualquier decisión. Incluso hay economistas teorizando sobre la estupidez humana (Cipolla) y resulta un abordaje interesante. Así que empíricamente venimos con algunos amigos intentando explicar el mundo de las relaciones en comparación del funcionamiento de un mercado (nada nuevo, ni mucho menos).
El mercado se describe desde la perspectiva femenina, aún sabiendo que puede verse muy machista, no obstante, se hace en aras de facilitar la explicación.
Demanda: hombres
Oferta: mujeres
Precio: esfuerzo del hombre por conquistar a la mujer
Compra: encuentro con propósitos amorosos
Fidelización de producto: compra repetida- relación de pareja
Certificado de calidad Iso9001: una mujer deseable, linda, inteligente, divertida (por simplificar la ecuación).
La primera premisa es que la oferta es superior (en número) a la demanda, lo que hace que sea un mercado competitivo en el que el precio se establece cada vez más bajo. (Desde la perspectiva femenina y la lógica del mercado es que si uno se hace la difícil, el comprador siempre encontrará una mejor oferta).
Sin embargo, la elasticidad de la demanda (la respuesta de la demanda ante cualquier cambio en el precio) no es única. Ante un aumento del precio, la demanda es inelástica (cuando se interesaron en una mujer que hace la conquista muy difícil, ellos insisten, mantienen su interés, siguen comprando, como si se tratara de insulina). Ante una disminución en el precio, la demanda es elástica (entre más fácil es una mujer, hay más hombres que la compran, pero pocos interesados en fidelizarse al producto, objetivo final de la oferta).
Una disminución de precio, es directamente relacionada a una baja del valor en términos de calidad del producto, y la asociación de alto precio con alta calidad es natural.
De la característica anterior podemos concluir que un precio bajo siempre será sospechoso. Supongamos este panorama: una mujer con certificado de calidad ISO9001, decide exigir un menor precio, aduciendo madurez, y buscando cierto tipo de comprador racional que debería apreciar un producto de calidad sin guiarse necesariamente por el precio. Indefectiblemente se equivoca, la oferente pierde valor y el comprador puede hacer una compra, pero nunca se fideliza.
En español: sin importar la valía de la mujer, siempre hay que hacerse la difícil, de lo contrario, pierde. Ir de frente no da buenos resultados, ser sincero y abierto sólo hace perder el interés, hace dudar de lo maravillosa que puede ser la mujer. Como dicen en mi tierra: de eso tan bueno no dan tanto.
Si todavía la oferta se empeña en encontrar compradores racionales que reconocen una joya entre los saldos, nos planteamos el tema de ser un producto exótico, y pasamos al problema de dónde está el mercado objetivo.
El mercado se describe desde la perspectiva femenina, aún sabiendo que puede verse muy machista, no obstante, se hace en aras de facilitar la explicación.
Demanda: hombres
Oferta: mujeres
Precio: esfuerzo del hombre por conquistar a la mujer
Compra: encuentro con propósitos amorosos
Fidelización de producto: compra repetida- relación de pareja
Certificado de calidad Iso9001: una mujer deseable, linda, inteligente, divertida (por simplificar la ecuación).
La primera premisa es que la oferta es superior (en número) a la demanda, lo que hace que sea un mercado competitivo en el que el precio se establece cada vez más bajo. (Desde la perspectiva femenina y la lógica del mercado es que si uno se hace la difícil, el comprador siempre encontrará una mejor oferta).
Sin embargo, la elasticidad de la demanda (la respuesta de la demanda ante cualquier cambio en el precio) no es única. Ante un aumento del precio, la demanda es inelástica (cuando se interesaron en una mujer que hace la conquista muy difícil, ellos insisten, mantienen su interés, siguen comprando, como si se tratara de insulina). Ante una disminución en el precio, la demanda es elástica (entre más fácil es una mujer, hay más hombres que la compran, pero pocos interesados en fidelizarse al producto, objetivo final de la oferta).
Una disminución de precio, es directamente relacionada a una baja del valor en términos de calidad del producto, y la asociación de alto precio con alta calidad es natural.
De la característica anterior podemos concluir que un precio bajo siempre será sospechoso. Supongamos este panorama: una mujer con certificado de calidad ISO9001, decide exigir un menor precio, aduciendo madurez, y buscando cierto tipo de comprador racional que debería apreciar un producto de calidad sin guiarse necesariamente por el precio. Indefectiblemente se equivoca, la oferente pierde valor y el comprador puede hacer una compra, pero nunca se fideliza.
En español: sin importar la valía de la mujer, siempre hay que hacerse la difícil, de lo contrario, pierde. Ir de frente no da buenos resultados, ser sincero y abierto sólo hace perder el interés, hace dudar de lo maravillosa que puede ser la mujer. Como dicen en mi tierra: de eso tan bueno no dan tanto.
Si todavía la oferta se empeña en encontrar compradores racionales que reconocen una joya entre los saldos, nos planteamos el tema de ser un producto exótico, y pasamos al problema de dónde está el mercado objetivo.
22/8/08
El limbo de la mediocridad
Casi siempre me opongo a ver la vida en términos de blanco y negro. El mundo no es de buenos y de malos, como las películas gringas nos quieren hacer creer. Afuera hay una cantidad de matices, de grises, casi infinita que es justamente la fuente de riqueza y diversidad. Sin embargo, hay algunos aspectos definitivos en los que no se permiten los términos medios.
Nada más determinante que la muerte, nunca se está medio muerto, de la misma manera que es contundente la vida, nunca se está un poquito embarazado, se está o no se está. Con el talento creo que pasa algo parecido, se tiene o no se tiene, los puntos medios no son otra cosa que mediocridad, son intentos frustrados de ser, son pretensiones sin sustento, son ínfulas de buchipluma.Es verdad que la disciplina suma, y mucho. Difícilmente se explota el talento sin la disciplina, aunque casos se han visto, pero la cosa no es de ida y vuelta, como dice el dicho, Lo que natura non da, Salamanca non presta.
¿Qué hacer cuando se es un punto medio en esta situación tan determinante? ¿Qué lugar le queda a quienes sólo son medio tuertos en una tierra donde hay muchos ciegos, pero también videntes completos? ¿De qué sirve estar en ese limbo donde siempre faltan cinco pa’l peso?
Nada más determinante que la muerte, nunca se está medio muerto, de la misma manera que es contundente la vida, nunca se está un poquito embarazado, se está o no se está. Con el talento creo que pasa algo parecido, se tiene o no se tiene, los puntos medios no son otra cosa que mediocridad, son intentos frustrados de ser, son pretensiones sin sustento, son ínfulas de buchipluma.Es verdad que la disciplina suma, y mucho. Difícilmente se explota el talento sin la disciplina, aunque casos se han visto, pero la cosa no es de ida y vuelta, como dice el dicho, Lo que natura non da, Salamanca non presta.
¿Qué hacer cuando se es un punto medio en esta situación tan determinante? ¿Qué lugar le queda a quienes sólo son medio tuertos en una tierra donde hay muchos ciegos, pero también videntes completos? ¿De qué sirve estar en ese limbo donde siempre faltan cinco pa’l peso?
15/8/08
Never cocheche
De niño siempre se sueña con qué se va a ser cuando se es grande. Dependiendo de la época y la generación, las respuestas van cambiando. Hubo épocas en donde las mayores aspiraciones eran ser abogado, médico, cura o militar (quizás la de mis papás); en otras, astronauta, bombero, presidente o policía; en otras, estrella de rock, actriz de cine, o incluso en estos tiempos, protagonista de novela o gran hermano.
En la medida que pasa el tiempo, uno va moderando sus aspiraciones, las aterriza de a poco con la realidad y termina siendo, comunicador social, periodista, editor o vendedor en el peor de los casos. Luego del desencanto natural del ambiente laboral, del clima empresarial, de los deplorables estados financieros, y el inevitable encuentro con una variedad de personajes indeseables en todos los trayectos de la vida, uno empieza a hacer la lista de lo que no quiere ser.
En el colegio descubrí que no quería ser la mojigata virgen de pueblo que espera perder la virginidad y quedar embarazada en su noche de bodas. En la universidad, quizás una época prolífica de aprendizaje, supe que no quería ser mentirosa, cretina, pretenciosa, perfecta ama de casa con título, mamerta, poco seria, ladrona, ridícula, vendida, inconsciente, negadora, falta de carácter, etc. Cuando empecé a trabajar me di cuenta que no quería ser periodista, la empleada del mes, empleada corporativa (en general), mujer (sí, la mayoría de mujeres en el ámbito laboral son sinónimo de arpías, pero no tengo más remedio), ejecutivita junior, jefe inepta, irresponsable, corrupta, crédula, confiada, ingenua, regalada, monedita de oro (para caerle bien a todo el mundo), obtusa, abusiva, una santa y menos una santurrona. Ahora que ha pasado algún tiempo, también sé que no quiero ser excesivamente comprensiva, tolerante, patriotera, optimista, pesimista, amargada, auto condescendiente, aburrida, vieja loca, histérica, mamá, problemática, demasiado correcta, pero sobre todo, never cocheche.
Algo en los genes me pusieron de excesiva responsabilidad, de tendencia a la verdad, de bondad (¿?), yo diría, casi casi, de estupidez. Cuando uno se hace cargo por otros de lo que no le corresponde, cuando está excesivamente dispuesto a entender y ayudar a los otros a cualquier precio (incluso el propio pellejo), cuando uno guarda las formas y las maneras e intenta ser siempre “delicado” con los demás, casi siempre el límite de la bondad o lo correcto, de lo responsable, linda con el de la boludez, la ingenuidad y da paso a que venga el abuso consentido, entonces uno se transforma en un cocheche.
Lo puede ser material, laboral o sentimental, siempre y cuando uno permita el abuso, dándoselas de bueno, se es un miserable cocheche. Ya estuve ahí, y las ínfulas de bondad no me hicieron nada, mas que cómplice de mi propio verdugo y merecedora de mi suerte. Por eso ahora digo, never cocheche.
En la medida que pasa el tiempo, uno va moderando sus aspiraciones, las aterriza de a poco con la realidad y termina siendo, comunicador social, periodista, editor o vendedor en el peor de los casos. Luego del desencanto natural del ambiente laboral, del clima empresarial, de los deplorables estados financieros, y el inevitable encuentro con una variedad de personajes indeseables en todos los trayectos de la vida, uno empieza a hacer la lista de lo que no quiere ser.
En el colegio descubrí que no quería ser la mojigata virgen de pueblo que espera perder la virginidad y quedar embarazada en su noche de bodas. En la universidad, quizás una época prolífica de aprendizaje, supe que no quería ser mentirosa, cretina, pretenciosa, perfecta ama de casa con título, mamerta, poco seria, ladrona, ridícula, vendida, inconsciente, negadora, falta de carácter, etc. Cuando empecé a trabajar me di cuenta que no quería ser periodista, la empleada del mes, empleada corporativa (en general), mujer (sí, la mayoría de mujeres en el ámbito laboral son sinónimo de arpías, pero no tengo más remedio), ejecutivita junior, jefe inepta, irresponsable, corrupta, crédula, confiada, ingenua, regalada, monedita de oro (para caerle bien a todo el mundo), obtusa, abusiva, una santa y menos una santurrona. Ahora que ha pasado algún tiempo, también sé que no quiero ser excesivamente comprensiva, tolerante, patriotera, optimista, pesimista, amargada, auto condescendiente, aburrida, vieja loca, histérica, mamá, problemática, demasiado correcta, pero sobre todo, never cocheche.
Algo en los genes me pusieron de excesiva responsabilidad, de tendencia a la verdad, de bondad (¿?), yo diría, casi casi, de estupidez. Cuando uno se hace cargo por otros de lo que no le corresponde, cuando está excesivamente dispuesto a entender y ayudar a los otros a cualquier precio (incluso el propio pellejo), cuando uno guarda las formas y las maneras e intenta ser siempre “delicado” con los demás, casi siempre el límite de la bondad o lo correcto, de lo responsable, linda con el de la boludez, la ingenuidad y da paso a que venga el abuso consentido, entonces uno se transforma en un cocheche.
Lo puede ser material, laboral o sentimental, siempre y cuando uno permita el abuso, dándoselas de bueno, se es un miserable cocheche. Ya estuve ahí, y las ínfulas de bondad no me hicieron nada, mas que cómplice de mi propio verdugo y merecedora de mi suerte. Por eso ahora digo, never cocheche.
Veto temporal
Como sé que los vetos son en general una cosa vista con malos ojos, voy a intentar explicar por qué veto a Julieta Venegas en temporadas especiales.
Nunca he tenido nada en su contra, de hecho su música me gusta, su estilo, su estética de Alicia en el país de las maravillas, y especialmente su ser genuina, sin pretensiones, incluso tengo algunas de sus canciones en mis playlists, pero ahora estoy dispuesta a vetarla, por irresponsable, por lo menos por un tiempo. No porque en un tiempo deje de ser irresponsable, sino porque en un tiempo, me parecerán divertidas las letras y no me despertarán el bichito de la inconciencia para cometer exabruptos.
Me explico:
“Y yo sé, que tienes miedo y no es un buen momento para tí y para esto que nos viene sucediendo”
O sea, sin timing ni disponibilidad, y sin embargo, “eres para mí”?? Eso no puede ser sino el comienzo o la continuación de algo malsano de lo que uno sale muy herido. Como hablaba con un amigo el otro día, que el otro sea perfecto pero que no esté disponible, es lo mismo que tener la mamá, pero tenerla muerta. Hay que darse por vencido, y seguir participando.
Otra
“Tengo que confesar que a veces, no me gusta tu forma de ser, luego te me desapareces y no entiendo muy bien por qué?”
Es sencillo, porque no quiere, porque no le interesa y uno tiene que ponerle límites a su inmensa comprensión, justo ahí, donde empieza la estupidez.
“No dices nada romántico cuando llega el atardecer,te pones de un humor extraño con cada luna llena al mes.”
Todos tenemos nuestros días, pero por qué algunos pensamos un poco antes de agarrarla con el que no corresponde? Por qué algunos tenemos la delicadeza de no joder al otro? (no contesten, ya me lo vengo diciendo, por boluda). Para completar, “yo te quiero con limón y sal, tal y como estás, no hace falta cambiarte nada” Quizás es lo más sanito que ha dicho, sí, uno no debe intentar cambiar a nadie, pero lo que no debe es conformarse con el existencialista de buseta, el atarban que se desaparece o el patán que nos muestra su ira cada vez que alguien se le cruza como no debe en la calle.
“No seré lo que te imaginabas, no diré lo que quieres escuchar, no sé bien si será para siempre, pero sé que te puedo hacer feliz.”
Sólo la equivocada creencia de que los conocemos más que ellos mismos, de hecho, que les descubrimos más cualidades de las que tienen (en todo caso, las inventamos), nos hace pensar, que a pesar de no ser lo que se imaginaba, ni lo que espera, ni lo que quiere, uno los puede hacer felices. Eso, pasando de largo que aquí lo que importa es su felicidad, a pesar de ser quienes somos. Podría ser esto más parecido a una inviación a que trapeen el piso con uno?
Ya sé que Julieta Venegas no es la única irresponsable, desafortunadamente cuando uno quiere olvidar o superar a alguien se vienen todas las coincidencias de buseta (todas las canciones, novelas, películas o conversaciones, se relacionan o ajustan perfecto a nuestra desgracia) con todos los irresponsables que se les ha ocurrido cultivar los sentimientos malsanos –por poética, talentosa o desastrosa que sea la forma-, y es difícil encontrar las que realmente uno necesita oír en ese momento: “qué lástima pero adiós, me despido de ti y me voy”.
Nunca he tenido nada en su contra, de hecho su música me gusta, su estilo, su estética de Alicia en el país de las maravillas, y especialmente su ser genuina, sin pretensiones, incluso tengo algunas de sus canciones en mis playlists, pero ahora estoy dispuesta a vetarla, por irresponsable, por lo menos por un tiempo. No porque en un tiempo deje de ser irresponsable, sino porque en un tiempo, me parecerán divertidas las letras y no me despertarán el bichito de la inconciencia para cometer exabruptos.
Me explico:
“Y yo sé, que tienes miedo y no es un buen momento para tí y para esto que nos viene sucediendo”
O sea, sin timing ni disponibilidad, y sin embargo, “eres para mí”?? Eso no puede ser sino el comienzo o la continuación de algo malsano de lo que uno sale muy herido. Como hablaba con un amigo el otro día, que el otro sea perfecto pero que no esté disponible, es lo mismo que tener la mamá, pero tenerla muerta. Hay que darse por vencido, y seguir participando.
Otra
“Tengo que confesar que a veces, no me gusta tu forma de ser, luego te me desapareces y no entiendo muy bien por qué?”
Es sencillo, porque no quiere, porque no le interesa y uno tiene que ponerle límites a su inmensa comprensión, justo ahí, donde empieza la estupidez.
“No dices nada romántico cuando llega el atardecer,te pones de un humor extraño con cada luna llena al mes.”
Todos tenemos nuestros días, pero por qué algunos pensamos un poco antes de agarrarla con el que no corresponde? Por qué algunos tenemos la delicadeza de no joder al otro? (no contesten, ya me lo vengo diciendo, por boluda). Para completar, “yo te quiero con limón y sal, tal y como estás, no hace falta cambiarte nada” Quizás es lo más sanito que ha dicho, sí, uno no debe intentar cambiar a nadie, pero lo que no debe es conformarse con el existencialista de buseta, el atarban que se desaparece o el patán que nos muestra su ira cada vez que alguien se le cruza como no debe en la calle.
“No seré lo que te imaginabas, no diré lo que quieres escuchar, no sé bien si será para siempre, pero sé que te puedo hacer feliz.”
Sólo la equivocada creencia de que los conocemos más que ellos mismos, de hecho, que les descubrimos más cualidades de las que tienen (en todo caso, las inventamos), nos hace pensar, que a pesar de no ser lo que se imaginaba, ni lo que espera, ni lo que quiere, uno los puede hacer felices. Eso, pasando de largo que aquí lo que importa es su felicidad, a pesar de ser quienes somos. Podría ser esto más parecido a una inviación a que trapeen el piso con uno?
Ya sé que Julieta Venegas no es la única irresponsable, desafortunadamente cuando uno quiere olvidar o superar a alguien se vienen todas las coincidencias de buseta (todas las canciones, novelas, películas o conversaciones, se relacionan o ajustan perfecto a nuestra desgracia) con todos los irresponsables que se les ha ocurrido cultivar los sentimientos malsanos –por poética, talentosa o desastrosa que sea la forma-, y es difícil encontrar las que realmente uno necesita oír en ese momento: “qué lástima pero adiós, me despido de ti y me voy”.
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